a veces, veo algo como los planos para el computador cuántico, y me
maravillo ante la potencia de nuestro proceso de filogénesis, que nos ha
llevado a superar las limitaciones sensoriales, no sólo para reconocer las más
íntimas fibras que componen la indestructible materia, sino para domarlas y
aplicarlas, a pesar de que ni siquiera entendemos esa urdimbre evanescente que
es la esencia de todo... (¡Pero qué productividad la de esta especie! ¡Ni
siquiera tenemos tiempo de sucumbir al terror ontológico, pues en seguida nos
ponemos a construir computadores “fantasmales”! )
Otras veces, voy caminando por algún terreno baldío y viciado, y veo la hosca tierra grisácea sembrada de botellas de plástico, condones usados, envases de poliestireno... Dependiendo del día, puedo llegar a sentir que ese es el único y verdadero producto de esta filogénesis: un croquis de desechos que con mucho sobrevivirá a esta pasajera estirpe... el legado de una nada que se liquidará a sí misma, cuando el colon estreñido que es la historia de la humanidad reviente con su último y definitivo pedo atómico