miércoles, 25 de enero de 2017

Asghar Farhadi

disponer del círculo achatado, con todos los recorridos posibles ya realizados. Decantar hasta llegar a un camino por persona, señalando con tachuelas todos los puntos de convergencia. Estructurar tales narrativas una a la vez, perspectiva en la cual nos encierran nuestras percepciones. Ascender con él hasta alturas que son inconcebibles, porque no son místicas, sino profundamente humanas. Desde ahí, ver el gran diseño que nos urde, que nos encuentra, chocha y roza los unos con los otros; resquebrajamiento del solipsismo ineludible en las urbes del hoy: todos traen su historia por detrás de su conciencia y la siguen adelante; en algún punto del recorrido: nosotros, quizás por algo.

Sería atronador figurarse la historia de cada pasajero del bus en hora pico, pero sí se puede invocar una hipotética particular cuando la discordia se cierne, para anteponerla a ésta. Ser meta-demiurgos, llegar a alcanzar la mirada ecuménica de Farhadi, cuya obra, como poquísimas, increíblemente ayuda a ser ser humano

jueves, 19 de enero de 2017

el optimismo debe ser abolido antes de que sea demasiado tarde.

El optimismo cargado de certidumbres religiosas, luego transfiguradas en grisáceas certidumbres morales, que impulsó a las personas a insensatas expediciones que en aislados casos se tradujeron en bienestar para la tribu, no tiene lugar en el futuro que ya se vive.

El pesimismo separó almas como la de Gottfried Benn de los sanguinarios optimistas nazistas, antes de que fuera demasiado tarde.

Luego de que se consolide la segunda revolución industrial, la de la inteligencia artificial, y el papel de los hombres y las mujeres se reduzca al de supervisores de la maquinaria, y después, cuando ya ni este rol sea necesario, el único recurso que le quedará a la humanidad para seguir siendo viable será el de emular a los cortesanos del período Heian, en quienes la melancolía era casi un requisito, y para quienes deambular ponderando los espasmos y desgarres implícitos en la condición mortal, saboreando la transitoriedad de las cosas, era noble.

Y si en un futuro aún no vivido la muerte llegara a ser cancelada, y si esta perpetuidad les fuera impuesta incluso a los más sensatos de entre nuestros descendientes, andar la tierra muy despacio, casi como árboles, lamentando la falta de ímpetu, de pasión y hasta de miedo; olvidando el significado de esas palabras, preguntándose si alguna vez las cosas fueron diferentes. Finalmente, asentarse en algún rincón, enmoheciendo hasta devenir en extraños minerales que alguna vez se peinaron, vieron partidos de rugby, lloraron en el cine y soñaron. Seremos cosas, pero completas, y con dignidad.

Todo esto, pero nunca una certeza, aparte de que no hay mejor

lunes, 2 de enero de 2017

no hay que olvidar que el tiempo es espacio, y que el año pasado fue sólo una vuelta (también en el sentido de ride, como lo decía Bill Hicks).

Muchas cosas invisibles fueron mordisqueando en su tránsito esta doliente esfera achatada que somos (porque somos ella, aunque el histérico megalómano de Elon Musk quiera hacer creer lo contrario).

Si fue un año devorador de dioses, fue aniquilador de anónimos. Ya no tenemos Amparo: uno de los tantos nombres perdidos, pronunciados en vano ante la crepitación con la que arde el mundo todo.

Treintayuno de diciembre, alrededor de las once a.m.

Lamento la cruel muerte de Amparo López, parte de la buena familia con la que he convivido estos últimos años