el optimismo debe ser abolido
antes de que sea demasiado tarde.
El optimismo cargado de
certidumbres religiosas, luego transfiguradas en grisáceas certidumbres
morales, que impulsó a las personas a insensatas expediciones que en aislados casos
se tradujeron en bienestar para la tribu, no tiene lugar en el futuro que ya se
vive.
El pesimismo separó almas como la
de Gottfried Benn de los sanguinarios optimistas nazistas, antes de que fuera
demasiado tarde.
Luego de que se consolide la
segunda revolución industrial, la de la inteligencia artificial, y el papel de
los hombres y las mujeres se reduzca al de supervisores de la maquinaria, y después,
cuando ya ni este rol sea necesario, el único recurso que le quedará a la
humanidad para seguir siendo viable será el de emular a los cortesanos del período
Heian, en quienes la melancolía era casi un requisito, y para quienes deambular
ponderando los espasmos y desgarres implícitos en la condición mortal,
saboreando la transitoriedad de las cosas, era noble.
Y si en un futuro aún no vivido
la muerte llegara a ser cancelada, y si esta perpetuidad les fuera impuesta
incluso a los más sensatos de entre nuestros descendientes, andar la tierra muy
despacio, casi como árboles, lamentando la falta de ímpetu, de pasión y hasta
de miedo; olvidando el significado de esas palabras, preguntándose si alguna vez
las cosas fueron diferentes. Finalmente, asentarse en algún rincón,
enmoheciendo hasta devenir en extraños minerales que alguna vez se peinaron,
vieron partidos de rugby, lloraron en el cine y soñaron. Seremos cosas, pero
completas, y con dignidad.
Todo esto, pero nunca una
certeza, aparte de que no hay mejor
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