jueves, 19 de enero de 2017

el optimismo debe ser abolido antes de que sea demasiado tarde.

El optimismo cargado de certidumbres religiosas, luego transfiguradas en grisáceas certidumbres morales, que impulsó a las personas a insensatas expediciones que en aislados casos se tradujeron en bienestar para la tribu, no tiene lugar en el futuro que ya se vive.

El pesimismo separó almas como la de Gottfried Benn de los sanguinarios optimistas nazistas, antes de que fuera demasiado tarde.

Luego de que se consolide la segunda revolución industrial, la de la inteligencia artificial, y el papel de los hombres y las mujeres se reduzca al de supervisores de la maquinaria, y después, cuando ya ni este rol sea necesario, el único recurso que le quedará a la humanidad para seguir siendo viable será el de emular a los cortesanos del período Heian, en quienes la melancolía era casi un requisito, y para quienes deambular ponderando los espasmos y desgarres implícitos en la condición mortal, saboreando la transitoriedad de las cosas, era noble.

Y si en un futuro aún no vivido la muerte llegara a ser cancelada, y si esta perpetuidad les fuera impuesta incluso a los más sensatos de entre nuestros descendientes, andar la tierra muy despacio, casi como árboles, lamentando la falta de ímpetu, de pasión y hasta de miedo; olvidando el significado de esas palabras, preguntándose si alguna vez las cosas fueron diferentes. Finalmente, asentarse en algún rincón, enmoheciendo hasta devenir en extraños minerales que alguna vez se peinaron, vieron partidos de rugby, lloraron en el cine y soñaron. Seremos cosas, pero completas, y con dignidad.

Todo esto, pero nunca una certeza, aparte de que no hay mejor

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