viernes, 13 de marzo de 2015

ya casi no se puede decir nada sobre el internet porque es casi la vida misma

tenía sentido y lo hacía sonar bien, Henry Miller, cuando describía su trabajo como corrector de estilo en París como una oportunidad para abstraerse tanto del mundo que lo rodeaba como de los hechos aciagos alrededor del mundo, relatados en los artículos mismos que corregía, pues el tener que concentrarse en las formas y no en el contenido le desarrollaba como una ampolla en el alma. Algo así decía. Muchas consideraciones hacen que mi experiencia como corrector sea tan diferente. Primero, el maldito aparato en el que precisamente me debo concentrar para trabajar, es una ventana siempre abierta hacia el mundo, es decir, la barbarie. Imposible no dejar que su ruido se cuele por la periferia del inocuo documento que se corrige, que si fuera un papel sobre un escritorio sería como una almohada. Las “opciones” pican… no, corroen como una gangrena, hasta que uno cede y vuelve a emparamarse de cinismo, pornografía, banalidad, violencia… Segundo, Miller trabajaba en una oficina, con supervisión encima. No tenía “opciones” martirizándolo. Hay tantas opciones de qué escribir sobre esas “opciones” que es difícil decir algo. La cuestión de la “libertad” no es tan sencilla. Pero también es ineludible, por eso Miller no duró mucho en su trabajo, y yo sigo trabajando en casa

miércoles, 11 de marzo de 2015

feliz cumpleaños retrasado

Por todas las fiebres y palpitaciones de mi espíritu me observo afín a otros que ya pasaron y que quedaron. Pero es necesario ampliar el campo de visión e incluir la periferia del resollante núcleo.

Pasé por mi propia temporada en el infierno a los diecisiete años, pero en lugar de desgarrar al mundo exterior con el desgañitarse de mi angustia, ahogué los susurros de mi posible demon con ruido eléctrico y drogas legales; con un miedo que suplantaba a la espiritualidad, un abandono que desahuciaba a la fe… aún me vibran los nervios, década y media después. Esos paliativos, modernos o arcaicos, pero siempre peores que cualquier opiáceo, ¿qué hicieron de mí? ¿Seré ya más afín a un hastiado Rimbaud en África, pero uno que nunca fue capaz de dejar una fisura en el endurecido éter de su tiempo, antes de expirar?