tenía sentido y lo hacía sonar bien, Henry Miller, cuando
describía su trabajo como corrector de estilo en París como una oportunidad para
abstraerse tanto del mundo que lo rodeaba como de los hechos aciagos alrededor
del mundo, relatados en los artículos mismos que corregía, pues el tener que
concentrarse en las formas y no en el contenido le desarrollaba como una
ampolla en el alma. Algo así decía. Muchas consideraciones hacen que mi
experiencia como corrector sea tan diferente. Primero, el maldito aparato en el
que precisamente me debo concentrar para trabajar, es una ventana siempre
abierta hacia el mundo, es decir, la barbarie. Imposible no dejar que su ruido se
cuele por la periferia del inocuo documento que se corrige, que si fuera un
papel sobre un escritorio sería como una almohada. Las “opciones” pican… no,
corroen como una gangrena, hasta que uno cede y vuelve a emparamarse de
cinismo, pornografía, banalidad, violencia… Segundo, Miller trabajaba en una
oficina, con supervisión encima. No tenía “opciones” martirizándolo. Hay tantas
opciones de qué escribir sobre esas “opciones” que es difícil decir algo. La
cuestión de la “libertad” no es tan sencilla. Pero también es ineludible, por
eso Miller no duró mucho en su trabajo, y yo sigo trabajando en casa
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