traslado un fragmento de una carta enviada el 2 de abril de este año a
un amigo. Lo que se dice acá no está tan mal dicho, y es algo que me preocupa continuamente.
Este acto de copia y pega me parece una buena solución para la paradoja de querer aún decir cosas mientras se yace enroscado en medio de la
desidia.
Anoche terminé de leer la novela corta My Dog Stupid, de
John Fante, que está incluida en el libro West of Rome. Definitivamente, no
existe obra menor de Fante, o al menos ninguna que no esté poseída por esa
magia de humanidad, cómica, grotesca y conmovedora. No estoy seguro de cuándo
fue escrita la novela, pero me da una idea el que los hijos del narrador estén
evadiendo su reclutamiento a Vietnam. Te digo, hay escenas inolvidables, como
la de un Bull Terrier atacando una ballena varada en una playa de
California.
También es uno de los libros menos políticamente correctos
que le haya leído a Fante, y eso es mucho decir. Lo que me pone a pensar en
cuánto estamos perdiendo de la capacidad de conocernos nosotros mismos, a
través de lo que leemos y escribimos, a razón de estas limitaciones hipócritas
escurridas desde la culpa del primer mundo. Limitaciones que pretenden que seamos
daltónicos, miopes, que pretenden eliminar nuestra sensorialidad para que nos
reconozcamos sólo ideológicamente. A toda esta generación de imbéciles
mojigatos les encantaría que la piel fuera transparente y que no fuéramos más
que vísceras andantes, sin la sensualidad de las diferencias, de color, de
textura, de olor. En definitiva, nos están empobreciendo el mundo, la vida. Nos
censuran el reaccionar a la exterioridad del otro. Krishnamurti dice que la
mejor forma de conocerse uno mismo es a través de la relación con los otros;
esto se refiere también a las aversiones, los prejuicios, los odios. Una
humanidad plena requiere diferenciación, pues el único camino hacia el
conocimiento propio, que a su vez es el mejor camino hacia algo que pueda
acercarse a la tolerancia (acercarse no más)
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