jueves, 30 de abril de 2015

echado en la cama, me subo un poco la camiseta para rascarme la barriga. La piel aún se ve saludable, firme gracias al haber vuelto a ejercitarme con regularidad. Pero también noto la palidez, y un par de lunares que me recuerdan la piel de mi padre: su transparencia, exhibiendo ramitas moradas varicosas por doquier. La cantidad de manchas por el sol, por el cigarrillo, o evidencias de un hígado cascado por el abuso del alcohol y los medicamentos psiquiátricos. Ese cuerpo en ralentí sempiterno, portando un corazón que era un tercio músculo muerto, resultado de un infarto masivo. La fragilidad de unas extremidades adjuntas a un hombre que casi siempre evitó el ejercicio, aparte de sus legendarias juergas de baile y sexo que duraban días. Me detengo un poco y pienso que hace mucho que mi padre no se me presentaba tan vívido… desde antes de su muerte, hace ya casi dos años. Me sorprende cómo este catálogo de índices de decadencia, todo un libro, había descansado en mi subconsciente sin ser utilizado, sin yo recurrir a semejante método de invocación tan efectivo. Abrazo el recuerdo de mi padre, con todo y sus verrugas y quistes sebáceos en la espalda, que yo sin asco exprimía cuando le ocasionaban comezón.

Este estrecho cuarto al fondo del apartamento de otras personas puede llegar a sentirse como el punto más apartado de la tierra. Recorro con mi mirada la piel expuesta, un lienzo, una hoja en blanco en la que el tiempo empieza a esbozar algunas breves frases que aún nadie lee

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