echado en la cama, me subo un poco la camiseta para rascarme
la barriga. La piel aún se ve saludable, firme gracias al haber vuelto a
ejercitarme con regularidad. Pero también noto la palidez, y un par de lunares
que me recuerdan la piel de mi padre: su transparencia, exhibiendo ramitas
moradas varicosas por doquier. La cantidad de manchas por el sol, por el cigarrillo,
o evidencias de un hígado cascado por el abuso del alcohol y los medicamentos
psiquiátricos. Ese cuerpo en ralentí sempiterno, portando un corazón que era un
tercio músculo muerto, resultado de un infarto masivo. La fragilidad de unas
extremidades adjuntas a un hombre que casi siempre evitó el ejercicio, aparte
de sus legendarias juergas de baile y
sexo que duraban días. Me detengo un poco y pienso que hace mucho que mi padre
no se me presentaba tan vívido… desde antes de su muerte, hace ya casi dos años.
Me sorprende cómo este catálogo de índices de decadencia, todo un libro, había
descansado en mi subconsciente sin ser utilizado, sin yo recurrir a semejante
método de invocación tan efectivo. Abrazo el recuerdo de mi padre, con todo y
sus verrugas y quistes sebáceos en la espalda, que yo sin asco exprimía cuando
le ocasionaban comezón.
Este estrecho cuarto al fondo del apartamento de otras
personas puede llegar a sentirse como el punto más apartado de la tierra.
Recorro con mi mirada la piel expuesta, un lienzo, una hoja en blanco en la que
el tiempo empieza a esbozar algunas breves frases que aún nadie lee
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