martes, 29 de octubre de 2013


la literatura no va a morir pronto. Su posición en la sociedad de consumo (la cual imperará hasta la próxima evolución) tendrá algo de análogo con lo que sucede hoy con lo ecológico: la "conciencia ambiental" fue asimilada por el mercado, y ya se da por sentado que las nuevas empresas y productos serán "amigables con el ambiente", lo que en realidad sería "amigables con nosotros mismos", pues el ambiente no nos necesita; a duras penas nos tiene en cuenta...

Toda esta eco-ética, por supuesto, no son más que paños de agua tibia, ni mucho menos lo suficiente como para salvarnos. Pero el punto es el siguiente: . Y en cuanto a lo antes mencionado: el vocabulario de la ecología, o al menos su ABC, ya se introdujo en la consciente colectivo, tal vez descentrando así fuera un ápice al implacable antropocentrismo. Esto tiene más de logro espiritual que práctico, pero es algo, tiene alguna consecuencia...

Asimismo, cuando toda una generación empiece a presentar síntomas de un Alzheimer precoz, y tal vez una minoría élite de pseudo-luditas empiece a sentir alguna nostalgia por las cosas que alguna vez caracterizaron la experiencia humana en sus aspectos más sociales, tan disminuidas por el síndrome de atención acortada hasta el punto de tornar las relaciones inter-personales prácticamente insostenibles, los médicos empezaran a recetar la lectura como tratamiento, como terapia...

Pero entonces, ya no será la literatura la más íntima de las artes, sino un mecanismo de concatenación sígnica útil para re-asentar un poco esas conexiones neurales gelatinizadas por la tecnología...

Mas sin embargo, el acto o ejercicio de lectura entrará en la cotidianidad, será algo esperado, bien visto, como las señoronas que salen a caminar o que hacen aeróbicos o yoga nivel principiante en la sala de su casa. Entonces, con el acto en sí arrumado en la esquina de alguna habitación, existe la posibilidad de que el individuo, el niño, la joven, el despierto, la pensante, lo recojan un día como a un chiro sucio olvidado y en seguida se intoxiquen con el vaho de éste: advenimiento catalizador para el a veces milagroso ímpetu humano... y la distancia que se abrirá entre el que lee su librito de farmacia y el que lee la obra de Dostoievski será la misma que hoy existe entre el que compra huevos empacados en cartón reciclable y el que se convierte en miembro de Sea Shepherd

domingo, 27 de octubre de 2013


el parkour es una de las más hermosas muestras de lo que de adaptable tiene el ser humano; es bailar un tango frenético con la ciudad; es liberar la indomable hambre de vértigo que siente una persona viva antes del vértice que significa la inminencia de la decadencia; es ser al tiempo musgo y enredadera, sin miedo ni asco abrazando el concreto
aparte del cliché generacional de sentir que me encuentro ante el fin del mundo, siento otro, el de que existe un abismo insalvable entre mi generación y la que nos sucede. Más dramático aún es el tercero: la absurda absoluta certidumbre de que hubiera sido mejor vivir en prácticamente CUALQUIER OTRA época de la humanidad
justo cuando la sensibilidad y el intelecto del hombre agnóstico se empiezan acostumbrar a la idea de la eventual extinción del yo, ahora se introduce la noción de la extinción de toda la especie, es decir, de la memoria. La muerte de la posibilidad de vivir en otros. La supervivencia de códigos que ya no tendrán intérprete. Qué cultura inventar para no pensar en eso, Sr. Freud.

Vamos a perecer de capitalismo y tecnología, tal como se entienden ahora, a principios del siglo XXI.

La persistencia de los códigos se ejemplifica muy bien en el uso de los números romanos para designar siglos. Sus verdaderos usuarios están muertos, pero aún existe la memoria, es decir, nosotros.

La noción de “salvar al planeta” es un síntoma de aquello mismo que nos destruirá. El arrogante antropocentrismo. El planeta no nos necesita. El planeta no nos teme. El planeta puede asimilar el plástico y el poliestireno y hacerlos parte de su sistema. Pero nosotros no sobreviviremos en ese nuevo planeta

viernes, 25 de octubre de 2013

ludismo

el síndrome de periodo de atención acortado impone abismos entre las personas; "el otro" se convierte en accesorio, pues no tiene tiempo de cristalizarse como un todo; la compasión, como ideal de sentimiento compartido, la primera de las virtudes contra-natura, requiere concentración. Sin ésta, "el otro" sólo es intermitente distracción del "yo" despótico.

Observando un poco, descentrando un poco, en la tienda veo a Dios en los ojos de un anciano comprando verduras

miércoles, 23 de octubre de 2013

hay

hay tal cosa como lo es la furiosa claudicación, que anega la inteligencia y confecciona un traje de mugre sobre el ansia de tener voluntad: Me han dicho que la gastritis es el mal del poder, o mejor, el síntoma de sentirse carente de tal [10 millones de oficinistas que al tiempo se encuentran con la boca rebosante de reflujo... y entre los edificios, un sol de oropel que desciende y titila, como riéndose]

miércoles, 16 de octubre de 2013

iba a

escribir sirve, porque tan pronto como uno empieza a poner por escrito los pensamientos que durante todo el fustigante día pulularon alrededor de la jeta como esos mosquitos lame-ojos, tan pronto uno ve ese concatenamiento cruel, inmisericorde (es decir, lo escrito), uno repara en el propio enanismo conceptual, y se da cuenta de que tiene que escribir un cuentico o hasta una novela para poner a circular esas pequeñeces que no sirven como base sino a duras penas como arabesco

martes, 15 de octubre de 2013

pero cómo quisiera

no hay forma de volver una vez se asienta este desencanto, cinismo, innui, hastío. No hay cómo deshacerlo, no hay forma de que pueda devolverme a tu casa y a tu pasta aguada, con mayonesa y salsa de tomate, catsup, ketchup; simultáneamente la más fea y la más feliz que he comido