cuando me
di cuenta estaba en el umbral entre el baño y el resto de mi habitación. Se
había hecho casi de noche, la luz del baño estaba prendida y la de la habitación
apagada. Una mitad de la habitación refulgía naranja por la luz del baño, la
otra estaba en penumbra. En esta mitad se encontraba la cama, destendida; más
que destendida, con las cobijas arrojadas de tal forma que si no hubiese una
pared justo donde acaba la cama, estas se habrían escurrido por el extremo
inferior de esta. Había un desorden inaceptable encima de la cama. Del tipo que
haría dar vergüenza si hubiese alguien alrededor. Había un número de cosas que
no sabía a qué hora había puesto o más bien dejado acumular en la cama. Sobre todo
porque no tenía forma de saber con certeza qué tipo de cosas eran, ya que
cuando miré hacia la cama no vi cosas regadas sino grandes insectos que se
tambaleaban hacia mí, con patas largas y lentas, como fólcidos o fásmidos. Estos
últimos son esos que parecen palos. Solo los vi un segundo o menos, a los
insectos. Luego volvieron a ser cosas. Ya no me preocupaba descifrar qué tipo
de cosas eran, pues lo de que pareciesen insectos me había turbado un tanto. Aunque
sí alcancé a columbrar un par de cosas en la penumbra, como por ejemplo un
libro, lo que a su vez me hizo reflexionar muy brevemente sobre la falta de
correspondencia entre la forma de las cosas y su manifestación como insectos,
pues hasta ahora no he visto ningún insecto con forma de libro. Llevaba varios
días desesperado, digamos, para ser vago y severo a la vez. Ese preciso día
había recibido una mala noticia, lo cual empeoró todo, claro. Mi estado anímico
desde entonces había sido errático, y ya había pasado demasiado tiempo solo, encima.
Pero tampoco quería buscar a alguien enseguida para ponerme a hablar sobre la
posible causa de que esté viendo insectos caminando por mi cama. Pero había
algo ahí. Un misterio. Yo ya había pensado, cuando desenfocaba los ojos sobre
un techo encalado rugoso y empezaba a ver corrientes de nieve estática, que el
que el efecto óptico sea explicable no quiere decir que se reduzca a un mero
efecto sin más. Quiero decir, que más allá de ser simples efectos accidentales,
podrían ser más bien grietas accidentales. ¿A...?
miércoles, 23 de octubre de 2019
hoy pensé en algo que sacude un poco ciertos paradigmas personales. Siempre he considerado la verificación de la realidad desde la vista. Es decir, ahora estoy en una habitación con la puerta cerrada, si abro la puerta sé que veré una cocina, con una nevera, estufa, un lavaplatos, etc. Pero mientras la puerta se mantenga cerrada y yo de este lado, no tengo forma de saber que lo que hay donde debería estar la cocina no es una nada, una ausencia, la realidad externa ahorrando ancho de banda. Por ahí va la idea acostumbrada. Pero, si alguien deja la estufa prendida, o si hay un corto circuito, el olor a quemado empezará a filtrarse en la habitación, sin que yo lo busque. Lo mismo con el sonido. Si algún ruido remoto me llega de la calle, ¿para qué me lo envían? Pude nunca haberlo escuchado y no me habría enterado, no notaría una ausencia de la misma forma que si yo abriera la puerta y en lugar de una cocina estuviese el cosmos ahí expuesto, estrellas, planetas, y yo en el borde de ese abismo infinito que antes cubrían unas vulgares baldosas. Bueno... la falta de sonido se haría evidente si yo saliera a la calle y viera que el edificio de enfrente ha sido bombardeado mientras yo estaba en mi pieza tomando café y comiéndome una trufa. Volviendo: el oído y el olfato contradicen a la vista, el tacto y el gusto: si yo no veo algo puede no estar ahí, todas las cosas pueden ser un gas con forma hasta una fracción de segundo antes de que yo las toque; y todo alimento puede no saber a nada hasta que yo me lo meta a la boca. Pero el olfato y el oído acusan una realidad más allá, que acontece siempre. Acá la pregunta no sería que si un árbol que cae donde no hay nadie que lo escuche hace ruido, sino, ¿por qué escucho que un árbol cae, cuando no me hubiese dado cuenta de que ha caído sin sonido?
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