un airado narrador en primera persona se
prepara para contarse. No considera importante declarar su nombre, ni su
nacionalidad, ni su estado civil. Empieza: odia su trabajo, que por lo demás apenas
le permite mantenerse por encima de la línea aciaga donde inicia la pobreza.
Sus relaciones personales son mínimas, esporádicas y profundamente
disfuncionales. En el tránsito de un vacío a otro, de un callejón sin salida a
otro, discurre sobre las vicisitudes de la vida con patetismo y ampuloso resentimiento.
Conoce nuevos personajes, pero se regocija casi con crueldad al recalcar lo
fútil y efímero de esos encuentros, al señalar con el dedo, para el lector, sus
improntas evanescentes en la arena del desierto de su vida. Tal vez no
desconoce que esa aridez se ha convertido en un fetiche para él. En el trecho
final de su novela, toma ímpetu, crea una anticipación en la que no espera que
los lectores más intuitivos crean. Ante la traición última, que no es sino una
decepción un tanto más honda, se va, se marcha, con el índice acusador siempre
extendido hacia cualquier sitio, se deja hundir en el limo de la nada pos punto
final, casi heroico. Luego se cierra el manuscrito, quedando visible la única
página de su historia que el narrador anónimo nunca podrá leer: la portada, con
el nombre de su autor