jueves, 7 de junio de 2018

no ve la primera


un airado narrador en primera persona se prepara para contarse. No considera importante declarar su nombre, ni su nacionalidad, ni su estado civil. Empieza: odia su trabajo, que por lo demás apenas le permite mantenerse por encima de la línea aciaga donde inicia la pobreza. Sus relaciones personales son mínimas, esporádicas y profundamente disfuncionales. En el tránsito de un vacío a otro, de un callejón sin salida a otro, discurre sobre las vicisitudes de la vida con patetismo y ampuloso resentimiento. Conoce nuevos personajes, pero se regocija casi con crueldad al recalcar lo fútil y efímero de esos encuentros, al señalar con el dedo, para el lector, sus improntas evanescentes en la arena del desierto de su vida. Tal vez no desconoce que esa aridez se ha convertido en un fetiche para él. En el trecho final de su novela, toma ímpetu, crea una anticipación en la que no espera que los lectores más intuitivos crean. Ante la traición última, que no es sino una decepción un tanto más honda, se va, se marcha, con el índice acusador siempre extendido hacia cualquier sitio, se deja hundir en el limo de la nada pos punto final, casi heroico. Luego se cierra el manuscrito, quedando visible la única página de su historia que el narrador anónimo nunca podrá leer: la portada, con el nombre de su autor