no recuerdo cuándo vi Stalker, de Tarkovski, pero han pasado varios años. No recuerdo exactamente cuándo, pero sí dónde (no me refiero a un lugar sino al dispositivo de reproducción): un computador. La sensación que quedó se ha ido transformando con los años y ya ni recuerdo “cómo me pareció”[1]. Pero sí sé que sentí un par de cosas: que no la habría visto realmente hasta que la viera otra vez, y que las películas de Tarkovski eran algo demasiado sagrado como para ser reducido a la pantalla de mi rudimentario computador.
Así, infortunadamente, me ha pasado con Tarkovski lo mismo que con Terrence Mallick: no he podido seguir viendo sus películas. No soy tan optimista como para esperar una exhibición teatral. Lo único que pido es una buena pantalla de más de treinta pulgadas y una silla cómoda.
Desde hace algunos años me he sentido interesado por el libro Zona, de Geoff Dyer. Me enteré de su existencia apenas se publicó en 2012, no recuerdo cómo. Le pedí a los de la biblioteca Luis Ángel Arango que compraran una copia, y así lo hicieron. Allá estuvo un par de años, esperándome. Lo que yo quería era volver a ver Stalker antes de leerlo, pero no llegó ni la pantalla ni la silla cómoda, pues he permanecido tan pauperizado como cuando la vi por primera vez. No obstante, cuando supe que Dyer venía a la feria del libro de Bogotá de este año, decidí rescatar a Zona de las bodegas de la biblioteca. Quería al menos ojearlo antes de escuchar hablar al tipo. El libro, como es de esperarse, puesto que estoy escribiendo sobre él, me atrapó[2]. Incluso descargué ilegalmente Stalker, dispuesto a la herejía. Pero resulta que la película estaba en tan alta resolución que mi pobre computador casi sufrió una apoplejía en la tarjeta de video cuando intenté reproducirla.
Terminé la lectura de Zona hace unos minutos. Empecé a escribir en seguida, por las razones que sugiero en el segundo pie de página. Pero creo que acá hay más que un exorcismo de estilo. Creo que hay libros liberadores, que abren nuevos rumbos, y creo que Zona es uno de ellos. Pero, cuando la ejecución parece insuperable, también parece que esos libros clausuraran esos mismos caminos tras de sí. La única forma de evitar eso, siento en este momento, es tratar de colarse por una grieta de la barricada que su excelencia erige, antes de que la lectura termine de asentarse en uno y la barrera resulte ya infranqueable. Porque sé que esta lectura me va a perseguir. Me va a frecuentar. He aprendido al menos a reconocer cuando eso pasará.
Leyendo las descripciones que Dyer hace de la película, me encontré invocando imágenes que finalmente no sabía de dónde venían. No sabía qué era recuerdo y que era figurarme las palabras del escritor. En mi cabeza se reproducía una película parpadeante y fantasmal, donde las palabras, la música y las imágenes no eran simultáneas, como es característico del cine desde 1927, sino sucesivas. Ciertamente es un efecto muy peculiar, pero es que fue producido por dos obras extraordinarias, de forma (ahora sí) simultánea.
La pericia de Dyer para encadenar referentes que nunca dejaron de parecer pertinentes y hasta necesarios, es una cosa (unos pocos académicos también lo logran), el entrañable desparpajo del tono discursivo es otro (muchísimos menos académicos también lo logran). Lo extraordinario viene de cómo todo termina tratándose de algo mucho más amplio de lo que aparenta ser. En el mundo editorial anglosajón abundan los “Companion to”, que son como guías de lectura: “A Companion to Ulysses”, “A Companion to Contemporary Political Philosophy”, etcétera. Zona no es “A Companion to Stalker”, es un “Companion” del proceso de cómo cuando realmente nos toca una obra de arte nos leemos a nosotros mismos y a nuestras vidas en ella, de cómo empezamos a descubrir la presencia de esa obra en lo cotidiano y en la forma de ver el mundo. Acá no hay interpretaciones incontestables, sobre todo porque Dyer parece tan poco interesado en el simbolismo como el mismo Tarkovski. Lo que hay acá es una experiencia vital. Por eso, a pesar de que leí un libro en el que, entre muchas otras cosas, me describen la película escena por escena, la búsqueda de esa pantalla y esa silla cómoda donde me pueda sentar a ver Stalker es hoy más urgente que nunca
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[1] Algunas obras de arte son casi inmunes a los juicios de valor, sobre todo los que resultan de una primera lectura.
[2] Otra evidencia de que el libro tuvo un impacto en mí, aparte de la obvia de que estoy escribiendo sobre él, es que a lo largo del texto, especialmente en la frase que remite a este pie de página, plagio de forma flagrante el estilo de Dyer. Quiero hacerlo de una vez, para que no se manifieste de forma más conspicua (y menos intencional) en escritos posteriores.