hoy pensé en algo que sacude un poco ciertos paradigmas personales. Siempre he considerado la verificación de la realidad desde la vista. Es decir, ahora estoy en una habitación con la puerta cerrada, si abro la puerta sé que veré una cocina, con una nevera, estufa, un lavaplatos, etc. Pero mientras la puerta se mantenga cerrada y yo de este lado, no tengo forma de saber que lo que hay donde debería estar la cocina no es una nada, una ausencia, la realidad externa ahorrando ancho de banda. Por ahí va la idea acostumbrada. Pero, si alguien deja la estufa prendida, o si hay un corto circuito, el olor a quemado empezará a filtrarse en la habitación, sin que yo lo busque. Lo mismo con el sonido. Si algún ruido remoto me llega de la calle, ¿para qué me lo envían? Pude nunca haberlo escuchado y no me habría enterado, no notaría una ausencia de la misma forma que si yo abriera la puerta y en lugar de una cocina estuviese el cosmos ahí expuesto, estrellas, planetas, y yo en el borde de ese abismo infinito que antes cubrían unas vulgares baldosas. Bueno... la falta de sonido se haría evidente si yo saliera a la calle y viera que el edificio de enfrente ha sido bombardeado mientras yo estaba en mi pieza tomando café y comiéndome una trufa. Volviendo: el oído y el olfato contradicen a la vista, el tacto y el gusto: si yo no veo algo puede no estar ahí, todas las cosas pueden ser un gas con forma hasta una fracción de segundo antes de que yo las toque; y todo alimento puede no saber a nada hasta que yo me lo meta a la boca. Pero el olfato y el oído acusan una realidad más allá, que acontece siempre. Acá la pregunta no sería que si un árbol que cae donde no hay nadie que lo escuche hace ruido, sino, ¿por qué escucho que un árbol cae, cuando no me hubiese dado cuenta de que ha caído sin sonido?
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