Por todas las fiebres y palpitaciones de mi espíritu me
observo afín a otros que ya pasaron y que quedaron. Pero es necesario ampliar
el campo de visión e incluir la periferia del resollante núcleo.
Pasé por mi propia temporada en el infierno a los diecisiete
años, pero en lugar de desgarrar al mundo exterior con el desgañitarse de mi
angustia, ahogué los susurros de mi posible demon con ruido eléctrico y drogas
legales; con un miedo que suplantaba a la espiritualidad, un abandono que
desahuciaba a la fe… aún me vibran los nervios, década y media después. Esos
paliativos, modernos o arcaicos, pero siempre peores que cualquier opiáceo, ¿qué hicieron de mí? ¿Seré
ya más afín a un hastiado Rimbaud en África, pero uno que nunca fue capaz de
dejar una fisura en el endurecido éter de su tiempo, antes de expirar?
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