domingo, 30 de noviembre de 2014

último semestre de lingüística

he visto personas jóvenes que poseen ciertas formas, recursos y aspiraciones, y que con el tiempo éstos se marchitan y enconan, contribuyendo decisivamente a la configuración del amargo armazón del fofo “adulto” que con acritud conlleva la rutina de lo que debía ser un medio y terminó incrustándose, como una uña encarnada, en su identidad. Atribuyo esta situación a la falta de consideración por parte de los mecanismos “formativos” con respecto a la constante mutación del ser. Acá “formar” quiere decir primero “petrificar en un momento específico”; por ejemplo, en el caso de la educación superior, el sujeto queda petrificado dentro de aquél que era, o creía que era, cuando escogió su carrera. Mírenme a mí, después de Wittgenstein, del Tao y de Subud, de haber experimentado la apacible inmersión en las tinieblas de lo que se rehúsa a ser contenido por el lenguaje... después de todo eso, aún me veo obligado a estudiar si la preposición “el elefante es grande” es sensitiva al contexto o no.

Otra instancia: en esta época, cuando la idea de comunión en pareja resulta cada vez más inverosímil, se habla de esa noción de “envejecer juntos” como un ideal. Pero el envejecimiento implica la decadencia de algo estático. Yo más bien reformularía ese ideal como “mutar juntos (aunque no en lo mismo) dentro de una esfera compartida”. No resultaría muy atractivo para Hallmark, lo sé

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