mucho he leído que se clasifica al pensamiento de Nietzsche
como ‘peligroso’, desde Sloterdijk hasta su ínclito rescatador e intrusivo
traductor al inglés, Walter Kaufmann. Creo comprender el peligro al cual se
refieren, pero también creo percibir otro, más insidioso. Esta tentativa percepción estaría respaldada
por el estado físico de mi Basic Writings of Nietzsche, adquirido de segunda
mano, copiosamente subrayado por algún pulso trémulo de entusiasmo pueril, intoxicado por el insólito efecto de la prosa del autor en cuestión: sentir que
a pesar de sus exaltaciones y sus imperativos, Nietzsche susurra al oído del
lector, como haciéndolo partícipe de la más íntima cofradía, como si alguien
estuviese atisbando por primera vez la bella e incomprendida esencia de ese lector. Tal fue el caso de mi
anónimo subrayador, que con una inocencia rayana en el patetismo, escribía me! al margen de algunos pasajes. Un
lector como éste se esfuerza barbaridades por merecer su puesto en ese grupo
selecto en donde cree que se encuentra, y después del fracaso, del desengaño,
de las alharacas inútiles, de los lastimeros berrinches y pataleos, humillado, humbled, abandona la periferia para
regresar al centro, con sus congéneres, a quienes nunca debió haber dejado. Pero
no se desplaza, porque no se había movido en primer lugar, como si todo hubiera
ocurrido en una de las habitaciones de James Turrell, donde las formas y las
distancias no son más que un juego de luces. Para quienes lo observaron, no se
trató de nada más que de una "fase", como cuando los adolescentes se perforan
la lengua o dicen ser bisexuales; entonces, el lector, congestionado, se deshace
de su libro, vendiéndolo a precio de papel reciclable (ahí entro yo,
comprándolo en un punto medio de la escala de precios)
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