lunes, 2 de enero de 2017

no hay que olvidar que el tiempo es espacio, y que el año pasado fue sólo una vuelta (también en el sentido de ride, como lo decía Bill Hicks).

Muchas cosas invisibles fueron mordisqueando en su tránsito esta doliente esfera achatada que somos (porque somos ella, aunque el histérico megalómano de Elon Musk quiera hacer creer lo contrario).

Si fue un año devorador de dioses, fue aniquilador de anónimos. Ya no tenemos Amparo: uno de los tantos nombres perdidos, pronunciados en vano ante la crepitación con la que arde el mundo todo.

Treintayuno de diciembre, alrededor de las once a.m.

Lamento la cruel muerte de Amparo López, parte de la buena familia con la que he convivido estos últimos años

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