sábado, 11 de octubre de 2014

Bogotá lleva cuatro días cobijada por una sola, monolítica nube gris. Esta mañana sentí que por un lado, me envolvía esa pátina del cielo, y por el otro, las lecturas acerca de la escalera ética hacia el silencio de Wittgenstein, de los designios de la voluntad de Schopenhauer, del cáustico y adamantino compromiso de Nietzsche, de la sorprendente lucidez de Bergson con respecto al tiempo y la mente. Entre otros. Ambos lados me envuelven en el capullo donde se gesta mi inexorable transformación. Ahora hasta el dolor de mi amor perdido posee el aroma celestial del petricor en la lejana madrugada guayaquileña

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