Bogotá lleva cuatro días cobijada por una sola, monolítica
nube gris. Esta mañana sentí que por un lado, me envolvía esa pátina del cielo,
y por el otro, las lecturas acerca de la escalera ética hacia el silencio de
Wittgenstein, de los designios de la voluntad de Schopenhauer, del cáustico y
adamantino compromiso de Nietzsche, de la sorprendente lucidez de Bergson con
respecto al tiempo y la mente. Entre otros. Ambos lados me envuelven en el
capullo donde se gesta mi inexorable transformación. Ahora hasta el dolor de mi
amor perdido posee el aroma celestial del petricor en la lejana madrugada
guayaquileña
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