noche fría en el extremo norte de Bogotá. Era en un pequeño
auditorio de la biblioteca Santo Domingo. Llegué a tiempo pero mi amigo William
aún estaba cruzando la ciudad desde el sur. Él tenía las boletas. Casi nos
perdemos el concierto: en algún momento, los organizadores hicieron un afiche
con las fechas equivocadas; William y yo nos quedamos con esas y no nos
enteramos de la corrección. Mi amigo Darío nos hizo caer en cuenta de nuestro
error, dos horas antes del evento.
Nunca olvidaré la furiosa expresión de Michael Gira mientras tocaba,
mientras castigaba su guitarra y saltaba y pataleaba y hacía temblar el pequeño
auditorio. Casi todos los asistentes teníamos espumas en los oídos y todos sentíamos
la ropa vibrar contra la piel, el suelo derrumbándose pero nunca cayendo. Nunca
la olvidaré sobre todo por lo que encontré al salir del auditorio, luego de
varios minutos recuperando el aliento después de que todo había acabado: el
mismo Gira, ahora un sosegado señor con sombrero de vaquero, detrás de una mesa
de plástico, firmando autógrafos, con el rostro relajado y sonriente,
despejado, compartiendo generosamente con el público. El magro papá Noel de la
noche no silenciosa sino atronadora. La evidencia del poder catártico del arte.
Un Virgilio de los muchos decibeles, guiándonos por la oscuridad de nuestros
infiernos personales.
La música, en oposición a caracteres moribundos que me miran
de vuelta, mudos.
Send us
away
On ships made of silk
Send us to fly
Black skies washed with milk
People like us
We need a dream to escape
People like us
We need to sleep to awake
On ships made of silk
Send us to fly
Black skies washed with milk
People like us
We need a dream to escape
People like us
We need to sleep to awake
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