Blanqui, desde luego, estaba en
lo cierto. Un universo alterno se crea a cada femtosegundo, debido a algún
estado particular de consciencia en cada uno de los individuos existentes, a
cada minúscula bifurcación en donde lo que es genera un negativo. El colapso de
la función de onda en los sistemas microscópicos es un croquis del cosmos
oculto; el principio es el mismo. La expansión del universo se debe al empuje
de esa frenética proliferación de existencias, de la misma forma en que la
grasa estira la piel de alguien que engorda. Es menester, entonces, clasificar
el pensamiento en dos grandes vertientes; el primero es el pensamiento propio
al universo en el que se da, con todas las sub-categorías kantianas, peircianas
y demás. La segunda consiste en aquellas proyecciones que hacemos de nosotros
mismos en alguna situación deseada o temida. Se tratan de atisbos a otros
universos, a existencias reales; es la parpadeante simultaneidad de una gran consciencia,
individual pero múltiple.
Me satisface enormemente poder
redactar acá esto, en nombre de un yo que en algún punto de las miríadas cósmicas
vive con la certidumbre de que es así
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