jueves, 21 de abril de 2016

Blanqui, desde luego, estaba en lo cierto. Un universo alterno se crea a cada femtosegundo, debido a algún estado particular de consciencia en cada uno de los individuos existentes, a cada minúscula bifurcación en donde lo que es genera un negativo. El colapso de la función de onda en los sistemas microscópicos es un croquis del cosmos oculto; el principio es el mismo. La expansión del universo se debe al empuje de esa frenética proliferación de existencias, de la misma forma en que la grasa estira la piel de alguien que engorda. Es menester, entonces, clasificar el pensamiento en dos grandes vertientes; el primero es el pensamiento propio al universo en el que se da, con todas las sub-categorías kantianas, peircianas y demás. La segunda consiste en aquellas proyecciones que hacemos de nosotros mismos en alguna situación deseada o temida. Se tratan de atisbos a otros universos, a existencias reales; es la parpadeante simultaneidad de una gran consciencia, individual pero múltiple.

Me satisface enormemente poder redactar acá esto, en nombre de un yo que en algún punto de las miríadas cósmicas vive con la certidumbre de que es así

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