miércoles, 4 de mayo de 2016

la irregular serie de televisión Orphan Black presenta el culto Neolution, en el que sus miembros pretenden dirigir sus propios procesos evolutivos mediante modificaciones físicas conseguidas a partir de injertos o afinamientos genéticos. Es una buena síntesis de la histeria del “post-humanismo” y otras necedades por el estilo. Recientemente el profesor de ciencia cognitiva Donald D. Hoffman apareció en una publicación gringa hablando de cómo la ilusión de la realidad deviene de un hecho evolutivo que de cierta forma niega un axioma darwiniano: que aquellos individuos que mejor observaban y conocían la realidad fueron los más aptos para sobrevivir y transmitir su información genética. El giro de Hoffman es que la evolución nos condicionó para sólo poder observar aquello que es vital para nuestra supervivencia. Según esto, se podría creer que el hombre primitivo percibía una realidad diferente a su alrededor, que veía cosas que poco a poco fueron difuminándose hasta terminar anegadas por las tinieblas de nuestra actual consciencia. Así, los freaks del Neolution quedan igual de desposeídos y privados que cualquier otro mortal, pues si la evolución responde a necesidades basadas en una realidad a la que no podemos acceder, nunca podrá la consciencia humana tomar las riendas de su “mejoramiento”. Ya el concepto de materia oscura y la mirada frenética de los gatos hacia espacios “vacíos” nos hablaban de lo inasequible.

También me parece que esto resulta estimulante para una imaginación lovecraftiana: personas primitivas con la capacidad de observar jirones de realidad ahora inconcebibles, incluyendo seres incomprensibles cuya fisionomía desbordaba las posibilidades del entendimiento tal como lo entendemos. Estos pobres ancestros tuvieron una vida corta y azarosa, perplejos y petrificados ante las ahora desvanecidas tonalidades de crepúsculos de una refulgencia inverosímil, ante los diferentes sonidos de los diferentes silencios rozándose, ante los entes que pululaban entre dos miradas que se buscaban entre esa multitud, ahora descorporizada y acallada. Esta ascendencia asolada por la saturación recibida a través de unos sentidos aún en proceso de calibrar la relación entre mente y cuerpo se eliminó a sí misma: agotada y desquiciada marchó colectivamente hacia el abismo. Sólo la nada les trajo paz. Sólo quedaron los miopes, los medio sordos, medio cretinos. Nosotros. La humanidad recibió con alivio la estulticia paulatina que le permitió ver sólo las flores, las hojas y los pájaros en el árbol. No lo demás

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