hoy pensé en algo que sacude un poco ciertos paradigmas personales. Siempre he considerado la verificación de la realidad desde la vista. Es decir, ahora estoy en una habitación con la puerta cerrada, si abro la puerta sé que veré una cocina, con una nevera, estufa, un lavaplatos, etc. Pero mientras la puerta se mantenga cerrada y yo de este lado, no tengo forma de saber que lo que hay donde debería estar la cocina no es una nada, una ausencia, la realidad externa ahorrando ancho de banda. Por ahí va la idea acostumbrada. Pero, si alguien deja la estufa prendida, o si hay un corto circuito, el olor a quemado empezará a filtrarse en la habitación, sin que yo lo busque. Lo mismo con el sonido. Si algún ruido remoto me llega de la calle, ¿para qué me lo envían? Pude nunca haberlo escuchado y no me habría enterado, no notaría una ausencia de la misma forma que si yo abriera la puerta y en lugar de una cocina estuviese el cosmos ahí expuesto, estrellas, planetas, y yo en el borde de ese abismo infinito que antes cubrían unas vulgares baldosas. Bueno... la falta de sonido se haría evidente si yo saliera a la calle y viera que el edificio de enfrente ha sido bombardeado mientras yo estaba en mi pieza tomando café y comiéndome una trufa. Volviendo: el oído y el olfato contradicen a la vista, el tacto y el gusto: si yo no veo algo puede no estar ahí, todas las cosas pueden ser un gas con forma hasta una fracción de segundo antes de que yo las toque; y todo alimento puede no saber a nada hasta que yo me lo meta a la boca. Pero el olfato y el oído acusan una realidad más allá, que acontece siempre. Acá la pregunta no sería que si un árbol que cae donde no hay nadie que lo escuche hace ruido, sino, ¿por qué escucho que un árbol cae, cuando no me hubiese dado cuenta de que ha caído sin sonido?
miércoles, 23 de octubre de 2019
jueves, 7 de junio de 2018
no ve la primera
un airado narrador en primera persona se
prepara para contarse. No considera importante declarar su nombre, ni su
nacionalidad, ni su estado civil. Empieza: odia su trabajo, que por lo demás apenas
le permite mantenerse por encima de la línea aciaga donde inicia la pobreza.
Sus relaciones personales son mínimas, esporádicas y profundamente
disfuncionales. En el tránsito de un vacío a otro, de un callejón sin salida a
otro, discurre sobre las vicisitudes de la vida con patetismo y ampuloso resentimiento.
Conoce nuevos personajes, pero se regocija casi con crueldad al recalcar lo
fútil y efímero de esos encuentros, al señalar con el dedo, para el lector, sus
improntas evanescentes en la arena del desierto de su vida. Tal vez no
desconoce que esa aridez se ha convertido en un fetiche para él. En el trecho
final de su novela, toma ímpetu, crea una anticipación en la que no espera que
los lectores más intuitivos crean. Ante la traición última, que no es sino una
decepción un tanto más honda, se va, se marcha, con el índice acusador siempre
extendido hacia cualquier sitio, se deja hundir en el limo de la nada pos punto
final, casi heroico. Luego se cierra el manuscrito, quedando visible la única
página de su historia que el narrador anónimo nunca podrá leer: la portada, con
el nombre de su autor
miércoles, 23 de mayo de 2018
jueves, 28 de diciembre de 2017
cumpleaños del cuento de un diario
hoy se cumplen 36 años desde que
Cortázar escribió la primera entrada de su “Diario para un cuento” (he decidido
que el texto y la vida de Cortázar son ficciones paralelas, por eso no pretendo
objetividades del tipo “Hoy se cumplen 36 años de la fecha en la primera
entrada de ‘Diario para un cuento’, de Cortázar”). A pesar todo el tiempo de
amistad con Julito, me sorprende cuánto me hermana con ese texto que leí hace
poco más de un mes. El año pasado escribí dos
cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Todo el mundo va a pensar
que son variaciones de “Diario para un cuento”, y tal vez lo sean, tal vez se
pueda demostrar que sí lo son mediante una complejísima teoría de la influencia
de segunda, tercera, cuarta mano, por si a alguien le interesa desarrollarla.
Al menos cuando leí “Sobre el arte de la novela” de Fogwill, hace unos cuatro
meses, aún no terminaba de escribir el segundo cuento. Tal vez por eso ahí mismo lo
mencioné en un pie de página: me entrego antes de la acusación.
Qué cosa con esos dos, hermanos míos, muertos, con más vello facial y más idea
que yo. Podría defenderme aduciendo sincronicidad o resonancia mórfica, pero en
estas cuestiones la mejor defensa es porfiar. Es decir, seguir haciendo lo
mismo hasta que sea todo como lo mismo en un ovillo enredado entre Fogwill,
Cortázar y las demás decenas. La historia es un embudo.
Hoy se cumplen 36 años de ese
texto escrito (no voy a redundar) unas semanas antes de que mi madre recibiera
el aporte paterno para tenerme. Nací el mismo año en que nació el cuento de
Cortázar, pero sólo porque me adelanté dos semanas y me salí y llegué el
antepenúltimo día de 1982. Es decir, tengo 35...
En realidad leí el cuento el 27
de diciembre de 2017 y es ese el día en que escribo esto. Aún tengo 34 años, me
quedan unas 28 horas para seguir teniendo 34. Antes de terminar de leer el
cuento de Cortázar (sí es un cuento, refutarlo es una pérdida de tiempo),
señalé el primero de febrero del próximo año en mi agenda. Pensé, “sería
divertido escribir algo en el aniversario del inicio del cuento”. Es decir,
señalé el primero de febrero para escribir el algo ese día y publicarlo al
siguiente, el día de la primera entrada de “Diario para un cuento”. Pero
terminé escribiéndolo hoy, en un afán inexplicable pero de alguna forma
comprensible para quien haya leído el texto de Cortázar... Y ese hecho, creo,
dice más sobre el efecto que el mismo tuvo en mí que cualquier otra cosa que
pudiera yo escribir directamente. Por eso tenía que “revelar” las fechas
verdaderas, aclarando de paso y sin intención cosas como que fue este el año en el que escribí dos
cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Pero sí, las
preocupaciones tratadas de expresar en el primer párrafo de este texto son de ahora, en este año cuyo final llega como
el rompimiento de la superficie del agua por parte de un casi ahogado.
Ya habiendo dejado salir esta
viruta de nada de mi interior poco importa más esta noche. Voy a sentarme a
meditar un rato y probablemente luego retome algún otro libro o empiece uno
nuevo. Pero sí me queda algo sin resolver después de la declaración de fechas:
¿cuándo publico esto en mi blog? ¿Hoy? ¿Dentro del mes y pico?
Al final no fue ni lo uno ni lo
otro, tuve que dejar el texto quieto para poder revisarlo en frío al día
siguiente, que es hoy, o sea 28 de diciembre, a 14 horas de dejar de tener 34.
Tal vez el absurdo afán de completitud que representa este último párrafo se
justifique si se considera como una simpática apostilla sobre la neurosis de
alguien que escribe. Nada más
miércoles, 15 de noviembre de 2017
miércoles, 25 de octubre de 2017
después de leer VALIS de Philip K. Dick
el sincretismo de mi gnosis:
Bokonon como mediador para sintonizar con VALIS, o la resonancia mórfica eterna,
a lo largo y ancho de la infinidad de universos que se disparan unos de otros
como palomitas de maíz, tal como en el siglo XIX lo describió un francés
anarquista en una cárcel al tiempo que un francés anarquista que se parecía a
él describía lo mismo en su celda mientras un reo acusado de acracia que
se parecía a ambos describía lo mismo en la suya al tiempo que...
sábado, 22 de julio de 2017
ciertamente la vida provee. El trabajar en una productora de
televisión rebasa el limen de lo absurdo y lo habita con desenfado, empero
imperativa imprime en mi espíritu la aspiración absoluta: vivir con lentitud.
Esto implica todas mis pequeñas ambiciones. Ser insensato para un mundo
insensato, triunfo que se me escapa de las manos del lunes al viernes. Quiero
aprender una lengua para admirar de cerca la obra de un solo autor. Quiero
acompasar mi respiración con el bamboleo de la copa del árbol contra el cual me
recuesto. Quiero contemplar el diminuto insecto que transita la solapa de mi
chaqueta. Quiero ser un cuerpo de agua
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