miércoles, 23 de octubre de 2019


hoy pensé en algo que sacude un poco ciertos paradigmas personales. Siempre he considerado la verificación de la realidad desde la vista. Es decir, ahora estoy en una habitación con la puerta cerrada, si abro la puerta sé que veré una cocina, con una nevera, estufa, un lavaplatos, etc. Pero mientras la puerta se mantenga cerrada y yo de este lado, no tengo forma de saber que lo que hay donde debería estar la cocina no es una nada, una ausencia, la realidad externa ahorrando ancho de banda. Por ahí va la idea acostumbrada. Pero, si alguien deja la estufa prendida, o si hay un corto circuito, el olor a quemado empezará a filtrarse en la habitación, sin que yo lo busque. Lo mismo con el sonido. Si algún ruido remoto me llega de la calle, ¿para qué me lo envían? Pude nunca haberlo escuchado y no me habría enterado, no notaría una ausencia de la misma forma que si yo abriera la puerta y en lugar de una cocina estuviese el cosmos ahí expuesto, estrellas, planetas, y yo en el borde de ese abismo infinito que antes cubrían unas vulgares baldosas. Bueno... la falta de sonido se haría evidente si yo saliera a la calle y viera que el edificio de enfrente ha sido bombardeado mientras yo estaba en mi pieza tomando café y comiéndome una trufa. Volviendo: el oído y el olfato contradicen a la vista, el tacto y el gusto: si yo no veo algo puede no estar ahí, todas las cosas pueden ser un gas con forma hasta una fracción de segundo antes de que yo las toque; y todo alimento puede no saber a nada hasta que yo me lo meta a la boca. Pero el olfato y el oído acusan una realidad más allá, que acontece siempre. Acá la pregunta no sería que si un árbol que cae donde no hay nadie que lo escuche hace ruido, sino, ¿por qué escucho que un árbol cae, cuando no me hubiese dado cuenta de que ha caído sin sonido?

jueves, 7 de junio de 2018

no ve la primera


un airado narrador en primera persona se prepara para contarse. No considera importante declarar su nombre, ni su nacionalidad, ni su estado civil. Empieza: odia su trabajo, que por lo demás apenas le permite mantenerse por encima de la línea aciaga donde inicia la pobreza. Sus relaciones personales son mínimas, esporádicas y profundamente disfuncionales. En el tránsito de un vacío a otro, de un callejón sin salida a otro, discurre sobre las vicisitudes de la vida con patetismo y ampuloso resentimiento. Conoce nuevos personajes, pero se regocija casi con crueldad al recalcar lo fútil y efímero de esos encuentros, al señalar con el dedo, para el lector, sus improntas evanescentes en la arena del desierto de su vida. Tal vez no desconoce que esa aridez se ha convertido en un fetiche para él. En el trecho final de su novela, toma ímpetu, crea una anticipación en la que no espera que los lectores más intuitivos crean. Ante la traición última, que no es sino una decepción un tanto más honda, se va, se marcha, con el índice acusador siempre extendido hacia cualquier sitio, se deja hundir en el limo de la nada pos punto final, casi heroico. Luego se cierra el manuscrito, quedando visible la única página de su historia que el narrador anónimo nunca podrá leer: la portada, con el nombre de su autor

jueves, 28 de diciembre de 2017

cumpleaños del cuento de un diario

hoy se cumplen 36 años desde que Cortázar escribió la primera entrada de su “Diario para un cuento” (he decidido que el texto y la vida de Cortázar son ficciones paralelas, por eso no pretendo objetividades del tipo “Hoy se cumplen 36 años de la fecha en la primera entrada de ‘Diario para un cuento’, de Cortázar”). A pesar todo el tiempo de amistad con Julito, me sorprende cuánto me hermana con ese texto que leí hace poco más de un mes. El año pasado escribí dos cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Todo el mundo va a pensar que son variaciones de “Diario para un cuento”, y tal vez lo sean, tal vez se pueda demostrar que sí lo son mediante una complejísima teoría de la influencia de segunda, tercera, cuarta mano, por si a alguien le interesa desarrollarla. Al menos cuando leí “Sobre el arte de la novela” de Fogwill, hace unos cuatro meses, aún no terminaba de escribir el segundo cuento. Tal vez por eso ahí mismo lo mencioné en un pie de página: me entrego antes de la acusación. Qué cosa con esos dos, hermanos míos, muertos, con más vello facial y más idea que yo. Podría defenderme aduciendo sincronicidad o resonancia mórfica, pero en estas cuestiones la mejor defensa es porfiar. Es decir, seguir haciendo lo mismo hasta que sea todo como lo mismo en un ovillo enredado entre Fogwill, Cortázar y las demás decenas. La historia es un embudo.

Hoy se cumplen 36 años de ese texto escrito (no voy a redundar) unas semanas antes de que mi madre recibiera el aporte paterno para tenerme. Nací el mismo año en que nació el cuento de Cortázar, pero sólo porque me adelanté dos semanas y me salí y llegué el antepenúltimo día de 1982. Es decir, tengo 35...

En realidad leí el cuento el 27 de diciembre de 2017 y es ese el día en que escribo esto. Aún tengo 34 años, me quedan unas 28 horas para seguir teniendo 34. Antes de terminar de leer el cuento de Cortázar (sí es un cuento, refutarlo es una pérdida de tiempo), señalé el primero de febrero del próximo año en mi agenda. Pensé, “sería divertido escribir algo en el aniversario del inicio del cuento”. Es decir, señalé el primero de febrero para escribir el algo ese día y publicarlo al siguiente, el día de la primera entrada de “Diario para un cuento”. Pero terminé escribiéndolo hoy, en un afán inexplicable pero de alguna forma comprensible para quien haya leído el texto de Cortázar... Y ese hecho, creo, dice más sobre el efecto que el mismo tuvo en mí que cualquier otra cosa que pudiera yo escribir directamente. Por eso tenía que “revelar” las fechas verdaderas, aclarando de paso y sin intención cosas como que fue este el año en el que escribí dos cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Pero sí, las preocupaciones tratadas de expresar en el primer párrafo de este texto son de ahora, en este año cuyo final llega como el rompimiento de la superficie del agua por parte de un casi ahogado.

Ya habiendo dejado salir esta viruta de nada de mi interior poco importa más esta noche. Voy a sentarme a meditar un rato y probablemente luego retome algún otro libro o empiece uno nuevo. Pero sí me queda algo sin resolver después de la declaración de fechas: ¿cuándo publico esto en mi blog? ¿Hoy? ¿Dentro del mes y pico?

Al final no fue ni lo uno ni lo otro, tuve que dejar el texto quieto para poder revisarlo en frío al día siguiente, que es hoy, o sea 28 de diciembre, a 14 horas de dejar de tener 34. Tal vez el absurdo afán de completitud que representa este último párrafo se justifique si se considera como una simpática apostilla sobre la neurosis de alguien que escribe. Nada más


miércoles, 25 de octubre de 2017

después de leer VALIS de Philip K. Dick

el sincretismo de mi gnosis: Bokonon como mediador para sintonizar con VALIS, o la resonancia mórfica eterna, a lo largo y ancho de la infinidad de universos que se disparan unos de otros como palomitas de maíz, tal como en el siglo XIX lo describió un francés anarquista en una cárcel al tiempo que un francés anarquista que se parecía a él describía lo mismo en su celda mientras un reo acusado de acracia que se parecía a ambos describía lo mismo en la suya al tiempo que...

sábado, 22 de julio de 2017

ciertamente la vida provee. El trabajar en una productora de televisión rebasa el limen de lo absurdo y lo habita con desenfado, empero imperativa imprime en mi espíritu la aspiración absoluta: vivir con lentitud. Esto implica todas mis pequeñas ambiciones. Ser insensato para un mundo insensato, triunfo que se me escapa de las manos del lunes al viernes. Quiero aprender una lengua para admirar de cerca la obra de un solo autor. Quiero acompasar mi respiración con el bamboleo de la copa del árbol contra el cual me recuesto. Quiero contemplar el diminuto insecto que transita la solapa de mi chaqueta. Quiero ser un cuerpo de agua