viernes, 1 de noviembre de 2013

the closing day of the PEN World Voices Festival


viendo el video de una entrevista reciente a Harold Bloom, me sorprendo de su avanzado deterioro físico: sosteniendo su bastón incluso sentado; luchando por llevarse un vaso de agua a la boca sin derramar antes todo el contenido a causa de la tembladera; presionando al entrevistador para que terminen rápido, no fuera que tuvieran que "sacarlo cargado" del recinto, a causa de su agotamiento; un prodigioso estado de ruinosidad en que el individuo, aún en posición de reposo, da la impresión de estar cayendo. Después de más de una hora, durante la cual el celebérrimo crítico parecía hundirse en su asiento, desvaneciéndose y desparramándose, como la tenue estela de algo que pasó delicadamente sobre un cuerpo de agua, el entrevistador, a manera de cierre, ofrece a Bloom y al público presente escuchar una grabación de Yeats recitando uno de sus poemas. La apaleada anatomía de más de ochenta años de obesidad y de falta de ejercicio a causa de la obsesión con la lectura fue dejada atrás como un cascarón: una sonrisa de gozo infantil, como sólo se puede dar en el rostro de un anciano que se siente vivo de nuevo, se manifiesta, debido a la granulada voz del grandioso irlandés, cantando desde el otro extremo de un siglo desmedido, brutal. Luego, terminada la grabación, el espíritu de Bloom ya definitivamente se dispara, como desde una cauchera, pues se ha puesto a recitar otro poema de Yeats, de memoria y desde el corazón, que en ese momento late más fuerte que el de las legiones de jóvenes autómatas arrastrando la existencia como unas chanclas que les quedan demasiado grandes, en un mundo sin esperanzas que se derrumba con parsimonia insidiosa. El anciano Bloom los sobre-vive

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