viendo el video de una
entrevista reciente a Harold Bloom, me sorprendo de su avanzado
deterioro físico: sosteniendo su bastón incluso sentado; luchando
por llevarse un vaso de agua a la boca sin derramar antes todo el
contenido a causa de la tembladera; presionando al entrevistador para
que terminen rápido, no fuera que tuvieran que "sacarlo
cargado" del recinto, a causa de su agotamiento; un prodigioso
estado de ruinosidad en que el individuo, aún en posición de
reposo, da la impresión de estar cayendo. Después de más de una
hora, durante la cual el celebérrimo crítico parecía hundirse en
su asiento, desvaneciéndose y desparramándose, como la tenue estela
de algo que pasó delicadamente sobre un cuerpo de agua, el
entrevistador, a manera de cierre, ofrece a Bloom y al público
presente escuchar una grabación de Yeats recitando uno de sus
poemas. La apaleada anatomía de más de ochenta años de obesidad y
de falta de ejercicio a causa de la obsesión con la lectura fue
dejada atrás como un cascarón: una sonrisa de gozo infantil, como
sólo se puede dar en el rostro de un anciano que se siente vivo de
nuevo, se manifiesta, debido a la granulada voz del grandioso irlandés, cantando desde
el otro extremo de un siglo desmedido, brutal. Luego, terminada la
grabación, el espíritu de Bloom ya definitivamente se dispara, como desde una cauchera,
pues se ha puesto a recitar otro poema de Yeats, de memoria y desde
el corazón, que en ese momento late más fuerte que el de las
legiones de jóvenes autómatas arrastrando la existencia como unas
chanclas que les quedan demasiado grandes, en un mundo sin esperanzas
que se derrumba con parsimonia insidiosa. El anciano Bloom los
sobre-vive
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