hoy se cumplen 36 años desde que
Cortázar escribió la primera entrada de su “Diario para un cuento” (he decidido
que el texto y la vida de Cortázar son ficciones paralelas, por eso no pretendo
objetividades del tipo “Hoy se cumplen 36 años de la fecha en la primera
entrada de ‘Diario para un cuento’, de Cortázar”). A pesar todo el tiempo de
amistad con Julito, me sorprende cuánto me hermana con ese texto que leí hace
poco más de un mes. El año pasado escribí dos
cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Todo el mundo va a pensar
que son variaciones de “Diario para un cuento”, y tal vez lo sean, tal vez se
pueda demostrar que sí lo son mediante una complejísima teoría de la influencia
de segunda, tercera, cuarta mano, por si a alguien le interesa desarrollarla.
Al menos cuando leí “Sobre el arte de la novela” de Fogwill, hace unos cuatro
meses, aún no terminaba de escribir el segundo cuento. Tal vez por eso ahí mismo lo
mencioné en un pie de página: me entrego antes de la acusación.
Qué cosa con esos dos, hermanos míos, muertos, con más vello facial y más idea
que yo. Podría defenderme aduciendo sincronicidad o resonancia mórfica, pero en
estas cuestiones la mejor defensa es porfiar. Es decir, seguir haciendo lo
mismo hasta que sea todo como lo mismo en un ovillo enredado entre Fogwill,
Cortázar y las demás decenas. La historia es un embudo.
Hoy se cumplen 36 años de ese
texto escrito (no voy a redundar) unas semanas antes de que mi madre recibiera
el aporte paterno para tenerme. Nací el mismo año en que nació el cuento de
Cortázar, pero sólo porque me adelanté dos semanas y me salí y llegué el
antepenúltimo día de 1982. Es decir, tengo 35...
En realidad leí el cuento el 27
de diciembre de 2017 y es ese el día en que escribo esto. Aún tengo 34 años, me
quedan unas 28 horas para seguir teniendo 34. Antes de terminar de leer el
cuento de Cortázar (sí es un cuento, refutarlo es una pérdida de tiempo),
señalé el primero de febrero del próximo año en mi agenda. Pensé, “sería
divertido escribir algo en el aniversario del inicio del cuento”. Es decir,
señalé el primero de febrero para escribir el algo ese día y publicarlo al
siguiente, el día de la primera entrada de “Diario para un cuento”. Pero
terminé escribiéndolo hoy, en un afán inexplicable pero de alguna forma
comprensible para quien haya leído el texto de Cortázar... Y ese hecho, creo,
dice más sobre el efecto que el mismo tuvo en mí que cualquier otra cosa que
pudiera yo escribir directamente. Por eso tenía que “revelar” las fechas
verdaderas, aclarando de paso y sin intención cosas como que fue este el año en el que escribí dos
cuentos sobre la imposibilidad de escribir un cuento. Pero sí, las
preocupaciones tratadas de expresar en el primer párrafo de este texto son de ahora, en este año cuyo final llega como
el rompimiento de la superficie del agua por parte de un casi ahogado.
Ya habiendo dejado salir esta
viruta de nada de mi interior poco importa más esta noche. Voy a sentarme a
meditar un rato y probablemente luego retome algún otro libro o empiece uno
nuevo. Pero sí me queda algo sin resolver después de la declaración de fechas:
¿cuándo publico esto en mi blog? ¿Hoy? ¿Dentro del mes y pico?
Al final no fue ni lo uno ni lo
otro, tuve que dejar el texto quieto para poder revisarlo en frío al día
siguiente, que es hoy, o sea 28 de diciembre, a 14 horas de dejar de tener 34.
Tal vez el absurdo afán de completitud que representa este último párrafo se
justifique si se considera como una simpática apostilla sobre la neurosis de
alguien que escribe. Nada más