lunes, 15 de mayo de 2017

una nota sobre un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación

no recuerdo cuándo vi Stalker, de Tarkovski, pero han pasado varios años. No recuerdo exactamente cuándo, pero sí dónde (no me refiero a un lugar sino al dispositivo de reproducción): un computador. La sensación que quedó se ha ido transformando con los años y ya ni recuerdo “cómo me pareció”[1]. Pero sí sé que sentí un par de cosas: que no la habría visto realmente hasta que la viera otra vez, y que las películas de Tarkovski eran algo demasiado sagrado como para ser reducido a la pantalla de mi rudimentario computador.

Así, infortunadamente, me ha pasado con Tarkovski lo mismo que con Terrence Mallick: no he podido seguir viendo sus películas. No soy tan optimista como para esperar una exhibición teatral. Lo único que pido es una buena pantalla de más de treinta pulgadas y una silla cómoda.

Desde hace algunos años me he sentido interesado por el libro Zona, de Geoff Dyer. Me enteré de su existencia apenas se publicó en 2012, no recuerdo cómo. Le pedí a los de la biblioteca Luis Ángel Arango que compraran una copia, y así lo hicieron. Allá estuvo un par de años, esperándome. Lo que yo quería era volver a ver Stalker antes de leerlo, pero no llegó ni la pantalla ni la silla cómoda, pues he permanecido tan pauperizado como cuando la vi por primera vez. No obstante, cuando supe que Dyer venía a la feria del libro de Bogotá de este año, decidí rescatar a Zona de las bodegas de la biblioteca. Quería al menos ojearlo antes de escuchar hablar al tipo. El libro, como es de esperarse, puesto que estoy escribiendo sobre él, me atrapó[2]. Incluso descargué ilegalmente Stalker, dispuesto a la herejía. Pero resulta que la película estaba en tan alta resolución que mi pobre computador casi sufrió una apoplejía en la tarjeta de video cuando intenté reproducirla.

Terminé la lectura de Zona hace unos minutos. Empecé a escribir en seguida, por las razones que sugiero en el segundo pie de página. Pero creo que acá hay más que un exorcismo de estilo. Creo que hay libros liberadores, que abren nuevos rumbos, y creo que Zona es uno de ellos. Pero, cuando la ejecución parece insuperable, también parece que esos libros clausuraran esos mismos caminos tras de sí. La única forma de evitar eso, siento en este momento, es tratar de colarse por una grieta de la barricada que su excelencia erige, antes de que la lectura termine de asentarse en uno y la barrera resulte ya infranqueable. Porque sé que esta lectura me va a perseguir. Me va a frecuentar. He aprendido al menos a reconocer cuando eso pasará.

Leyendo las descripciones que Dyer hace de la película, me encontré invocando imágenes que finalmente no sabía de dónde venían. No sabía qué era recuerdo y que era figurarme las palabras del escritor. En mi cabeza se reproducía una película parpadeante y fantasmal, donde las palabras, la música y las imágenes no eran simultáneas, como es característico del cine desde 1927, sino sucesivas. Ciertamente es un efecto muy peculiar, pero es que fue producido por dos obras extraordinarias, de forma (ahora sí) simultánea. 

La pericia de Dyer para encadenar referentes que nunca dejaron de parecer pertinentes y hasta necesarios, es una cosa (unos pocos académicos también lo logran), el entrañable desparpajo del tono discursivo es otro (muchísimos menos académicos también lo logran). Lo extraordinario viene de cómo todo termina tratándose de algo mucho más amplio de lo que aparenta ser. En el mundo editorial anglosajón abundan los “Companion to”, que son como guías de lectura: “A Companion to Ulysses”, “A Companion to Contemporary Political Philosophy”, etcétera. Zona no es “A Companion to Stalker”, es un “Companion” del proceso de cómo cuando realmente nos toca una obra de arte nos leemos a nosotros mismos y a nuestras vidas en ella, de cómo empezamos a descubrir la presencia de esa obra en lo cotidiano y en la forma de ver el mundo. Acá no hay interpretaciones incontestables, sobre todo porque Dyer parece tan poco interesado en el simbolismo como el mismo Tarkovski. Lo que hay acá es una experiencia vital. Por eso, a pesar de que leí un libro en el que, entre muchas otras cosas, me describen la película escena por escena, la búsqueda de esa pantalla y esa silla cómoda donde me pueda sentar a ver Stalker es hoy más urgente que nunca

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[1] Algunas obras de arte son casi inmunes a los juicios de valor, sobre todo los que resultan de una primera lectura. 
[2] Otra evidencia de que el libro tuvo un impacto en mí, aparte de la obvia de que estoy escribiendo sobre él, es que a lo largo del texto, especialmente en la frase que remite a este pie de página, plagio de forma flagrante el estilo de Dyer. Quiero hacerlo de una vez, para que no se manifieste de forma más conspicua (y menos intencional) en escritos posteriores.

viernes, 10 de marzo de 2017

recordando la noche del 05/08/2016

noche fría en el extremo norte de Bogotá. Era en un pequeño auditorio de la biblioteca Santo Domingo. Llegué a tiempo pero mi amigo William aún estaba cruzando la ciudad desde el sur. Él tenía las boletas. Casi nos perdemos el concierto: en algún momento, los organizadores hicieron un afiche con las fechas equivocadas; William y yo nos quedamos con esas y no nos enteramos de la corrección. Mi amigo Darío nos hizo caer en cuenta de nuestro error, dos horas antes del evento.

Nunca olvidaré la furiosa expresión de Michael Gira mientras tocaba, mientras castigaba su guitarra y saltaba y pataleaba y hacía temblar el pequeño auditorio. Casi todos los asistentes teníamos espumas en los oídos y todos sentíamos la ropa vibrar contra la piel, el suelo derrumbándose pero nunca cayendo. Nunca la olvidaré sobre todo por lo que encontré al salir del auditorio, luego de varios minutos recuperando el aliento después de que todo había acabado: el mismo Gira, ahora un sosegado señor con sombrero de vaquero, detrás de una mesa de plástico, firmando autógrafos, con el rostro relajado y sonriente, despejado, compartiendo generosamente con el público. El magro papá Noel de la noche no silenciosa sino atronadora. La evidencia del poder catártico del arte. Un Virgilio de los muchos decibeles, guiándonos por la oscuridad de nuestros infiernos personales.

La música, en oposición a caracteres moribundos que me miran de vuelta, mudos.

Send us away
On ships made of silk
Send us to fly
Black skies washed with milk
People like us
We need a dream to escape
People like us
We need to sleep to awake

lunes, 27 de febrero de 2017

La literatura nazi en América

me trago, con fruición, mis apresuradas palabras sobre Bolaño, basadas solamente en algunos cuentos irregulares. Es este un libro excelente, que se las arregla para ser descendiente directo de Historia Universal de la infamia sin dejar de ser algo propio. Dédalo pletórico de imbricaciones imaginativas, divertidas y trágicas, mínimas y enormes. Síntesis apócrifa de lectura obsesa y gozosa. Veamos qué sigue

miércoles, 25 de enero de 2017

Asghar Farhadi

disponer del círculo achatado, con todos los recorridos posibles ya realizados. Decantar hasta llegar a un camino por persona, señalando con tachuelas todos los puntos de convergencia. Estructurar tales narrativas una a la vez, perspectiva en la cual nos encierran nuestras percepciones. Ascender con él hasta alturas que son inconcebibles, porque no son místicas, sino profundamente humanas. Desde ahí, ver el gran diseño que nos urde, que nos encuentra, chocha y roza los unos con los otros; resquebrajamiento del solipsismo ineludible en las urbes del hoy: todos traen su historia por detrás de su conciencia y la siguen adelante; en algún punto del recorrido: nosotros, quizás por algo.

Sería atronador figurarse la historia de cada pasajero del bus en hora pico, pero sí se puede invocar una hipotética particular cuando la discordia se cierne, para anteponerla a ésta. Ser meta-demiurgos, llegar a alcanzar la mirada ecuménica de Farhadi, cuya obra, como poquísimas, increíblemente ayuda a ser ser humano

jueves, 19 de enero de 2017

el optimismo debe ser abolido antes de que sea demasiado tarde.

El optimismo cargado de certidumbres religiosas, luego transfiguradas en grisáceas certidumbres morales, que impulsó a las personas a insensatas expediciones que en aislados casos se tradujeron en bienestar para la tribu, no tiene lugar en el futuro que ya se vive.

El pesimismo separó almas como la de Gottfried Benn de los sanguinarios optimistas nazistas, antes de que fuera demasiado tarde.

Luego de que se consolide la segunda revolución industrial, la de la inteligencia artificial, y el papel de los hombres y las mujeres se reduzca al de supervisores de la maquinaria, y después, cuando ya ni este rol sea necesario, el único recurso que le quedará a la humanidad para seguir siendo viable será el de emular a los cortesanos del período Heian, en quienes la melancolía era casi un requisito, y para quienes deambular ponderando los espasmos y desgarres implícitos en la condición mortal, saboreando la transitoriedad de las cosas, era noble.

Y si en un futuro aún no vivido la muerte llegara a ser cancelada, y si esta perpetuidad les fuera impuesta incluso a los más sensatos de entre nuestros descendientes, andar la tierra muy despacio, casi como árboles, lamentando la falta de ímpetu, de pasión y hasta de miedo; olvidando el significado de esas palabras, preguntándose si alguna vez las cosas fueron diferentes. Finalmente, asentarse en algún rincón, enmoheciendo hasta devenir en extraños minerales que alguna vez se peinaron, vieron partidos de rugby, lloraron en el cine y soñaron. Seremos cosas, pero completas, y con dignidad.

Todo esto, pero nunca una certeza, aparte de que no hay mejor

lunes, 2 de enero de 2017

no hay que olvidar que el tiempo es espacio, y que el año pasado fue sólo una vuelta (también en el sentido de ride, como lo decía Bill Hicks).

Muchas cosas invisibles fueron mordisqueando en su tránsito esta doliente esfera achatada que somos (porque somos ella, aunque el histérico megalómano de Elon Musk quiera hacer creer lo contrario).

Si fue un año devorador de dioses, fue aniquilador de anónimos. Ya no tenemos Amparo: uno de los tantos nombres perdidos, pronunciados en vano ante la crepitación con la que arde el mundo todo.

Treintayuno de diciembre, alrededor de las once a.m.

Lamento la cruel muerte de Amparo López, parte de la buena familia con la que he convivido estos últimos años

miércoles, 28 de diciembre de 2016

alguien que es un malthusiano que se toma en serio la propuesta de Swift. Alguien que cree que el antinatalismo desborda las páginas del horror ontológico contemporáneo para perfilarse como una filosofía válida y necesaria. Alguien que comparte con Fernando Vallejo la idea de la reproducción humana como un crimen (sin toda la demás peroratería inútil y monótona). Alguien que detesta a las personas por su potencial desperdiciado. Alguien a quien zahiere eso que los demás nunca sabrán que los lastima y disminuye. Alguien compasivo. Dispepsia