tenía sentido y lo hacía sonar bien, Henry Miller, cuando
describía su trabajo como corrector de estilo en París como una oportunidad para
abstraerse tanto del mundo que lo rodeaba como de los hechos aciagos alrededor
del mundo, relatados en los artículos mismos que corregía, pues el tener que
concentrarse en las formas y no en el contenido le desarrollaba como una
ampolla en el alma. Algo así decía. Muchas consideraciones hacen que mi
experiencia como corrector sea tan diferente. Primero, el maldito aparato en el
que precisamente me debo concentrar para trabajar, es una ventana siempre
abierta hacia el mundo, es decir, la barbarie. Imposible no dejar que su ruido se
cuele por la periferia del inocuo documento que se corrige, que si fuera un
papel sobre un escritorio sería como una almohada. Las “opciones” pican… no,
corroen como una gangrena, hasta que uno cede y vuelve a emparamarse de
cinismo, pornografía, banalidad, violencia… Segundo, Miller trabajaba en una
oficina, con supervisión encima. No tenía “opciones” martirizándolo. Hay tantas
opciones de qué escribir sobre esas “opciones” que es difícil decir algo. La
cuestión de la “libertad” no es tan sencilla. Pero también es ineludible, por
eso Miller no duró mucho en su trabajo, y yo sigo trabajando en casa
viernes, 13 de marzo de 2015
miércoles, 11 de marzo de 2015
feliz cumpleaños retrasado
Por todas las fiebres y palpitaciones de mi espíritu me
observo afín a otros que ya pasaron y que quedaron. Pero es necesario ampliar
el campo de visión e incluir la periferia del resollante núcleo.
Pasé por mi propia temporada en el infierno a los diecisiete
años, pero en lugar de desgarrar al mundo exterior con el desgañitarse de mi
angustia, ahogué los susurros de mi posible demon con ruido eléctrico y drogas
legales; con un miedo que suplantaba a la espiritualidad, un abandono que
desahuciaba a la fe… aún me vibran los nervios, década y media después. Esos
paliativos, modernos o arcaicos, pero siempre peores que cualquier opiáceo, ¿qué hicieron de mí? ¿Seré
ya más afín a un hastiado Rimbaud en África, pero uno que nunca fue capaz de
dejar una fisura en el endurecido éter de su tiempo, antes de expirar?
domingo, 30 de noviembre de 2014
último semestre de lingüística
he visto personas jóvenes que poseen ciertas formas,
recursos y aspiraciones, y que con el tiempo éstos se marchitan y enconan,
contribuyendo decisivamente a la configuración del amargo armazón del fofo “adulto”
que con acritud conlleva la rutina de lo que debía ser un medio y terminó
incrustándose, como una uña encarnada, en su identidad. Atribuyo esta situación
a la falta de consideración por parte de los mecanismos “formativos” con respecto a la constante mutación del ser.
Acá “formar” quiere decir primero “petrificar en un momento específico”; por
ejemplo, en el caso de la educación superior, el sujeto queda petrificado
dentro de aquél que era, o creía que era, cuando escogió su carrera. Mírenme a
mí, después de Wittgenstein, del Tao y de Subud, de haber experimentado la
apacible inmersión en las tinieblas de lo que se rehúsa a ser contenido por el
lenguaje... después de todo eso, aún me veo obligado a estudiar si la
preposición “el elefante es grande” es sensitiva al contexto o no.
Otra instancia: en esta época, cuando la idea de comunión en
pareja resulta cada vez más inverosímil, se habla de esa noción de “envejecer
juntos” como un ideal. Pero el envejecimiento implica la decadencia de algo
estático. Yo más bien reformularía ese ideal como “mutar juntos (aunque no en
lo mismo) dentro de una esfera compartida”. No resultaría muy atractivo para
Hallmark, lo sé
miércoles, 12 de noviembre de 2014
peligros
mucho he leído que se clasifica al pensamiento de Nietzsche
como ‘peligroso’, desde Sloterdijk hasta su ínclito rescatador e intrusivo
traductor al inglés, Walter Kaufmann. Creo comprender el peligro al cual se
refieren, pero también creo percibir otro, más insidioso. Esta tentativa percepción estaría respaldada
por el estado físico de mi Basic Writings of Nietzsche, adquirido de segunda
mano, copiosamente subrayado por algún pulso trémulo de entusiasmo pueril, intoxicado por el insólito efecto de la prosa del autor en cuestión: sentir que
a pesar de sus exaltaciones y sus imperativos, Nietzsche susurra al oído del
lector, como haciéndolo partícipe de la más íntima cofradía, como si alguien
estuviese atisbando por primera vez la bella e incomprendida esencia de ese lector. Tal fue el caso de mi
anónimo subrayador, que con una inocencia rayana en el patetismo, escribía me! al margen de algunos pasajes. Un
lector como éste se esfuerza barbaridades por merecer su puesto en ese grupo
selecto en donde cree que se encuentra, y después del fracaso, del desengaño,
de las alharacas inútiles, de los lastimeros berrinches y pataleos, humillado, humbled, abandona la periferia para
regresar al centro, con sus congéneres, a quienes nunca debió haber dejado. Pero
no se desplaza, porque no se había movido en primer lugar, como si todo hubiera
ocurrido en una de las habitaciones de James Turrell, donde las formas y las
distancias no son más que un juego de luces. Para quienes lo observaron, no se
trató de nada más que de una "fase", como cuando los adolescentes se perforan
la lengua o dicen ser bisexuales; entonces, el lector, congestionado, se deshace
de su libro, vendiéndolo a precio de papel reciclable (ahí entro yo,
comprándolo en un punto medio de la escala de precios)
martes, 28 de octubre de 2014
intencionalidad
según las teorías de la semántica y del sentido común, uno no puede comunicarse
consigo mismo de la forma tradicional ( | → | ), pero entonces ¿cómo describir el
proceso de convencerse a uno mismo de algo, de cambiar de sentir y/o parecer? Al respecto me asalta lo enigmático de esa postura tan femenina de "sentirlo" en
oposición a "pensarlo" para llegar al "saberlo". Ya que tanto he
sufrido de malestares femeninos*, trato de al menos ubicarme en el
supuesto de poseer esa sorprendente habilidad. Ya. No sé si lo sentí o lo
pensé, pero someramente lo contra-describo así: el cuerpo entero interpreta
(creo que es lo que mi colon ha hecho desde hace años) pero no sólo desde el
cerebro... y los significantes lingüísticos son aniquilados. No hay referente,
pero sí comunicación. Más allá no sé/no hay
______________
* Remitirse a mi historial médico, extenso anexo de mi biografía.
lunes, 13 de octubre de 2014
la "alegría", inseparable del tercermundismo mental, es una
de las cosas que más tiene jodidos a estos pueblos, ese ser atropellados sin
perder la zalamera y lambona sonrisa del rostro. Carnaval de babuinos,
ofreciendo el purpúreo culo.
La "alegría", atrofiante de crisis, que sume a las personas
en una estulticia automatizadora, imposibilita los grandes saltos del espíritu.
Sin novedades en el tercer mundo,
monótono y continuo como su clima sin estaciones.
Mejor la aceptación de la imposibilidad de verdadera
alegría. Ahora que lo recuerdo, según Žižek, este es el ánimo detrás de la Oda
a la alegría, de Beethoven
sábado, 11 de octubre de 2014
a Wittgenstein le preocupaba sobremanera que sus aforismos
estimularan el pensamiento autónomo en los demás. Joyce dijo alguna vez, no
recuerdo si acerca del Ulises o del Finnegan's Wake, que esperaba mantener
ocupados a los académicos durante trescientos años. Tal vez lo dijo en broma,
pero creo que es algo que realmente refleja su obra. En todo caso, entre ambos
métodos para generar pensamiento, prefiero el de Wittgenstein
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