viernes, 10 de marzo de 2017

recordando la noche del 05/08/2016

noche fría en el extremo norte de Bogotá. Era en un pequeño auditorio de la biblioteca Santo Domingo. Llegué a tiempo pero mi amigo William aún estaba cruzando la ciudad desde el sur. Él tenía las boletas. Casi nos perdemos el concierto: en algún momento, los organizadores hicieron un afiche con las fechas equivocadas; William y yo nos quedamos con esas y no nos enteramos de la corrección. Mi amigo Darío nos hizo caer en cuenta de nuestro error, dos horas antes del evento.

Nunca olvidaré la furiosa expresión de Michael Gira mientras tocaba, mientras castigaba su guitarra y saltaba y pataleaba y hacía temblar el pequeño auditorio. Casi todos los asistentes teníamos espumas en los oídos y todos sentíamos la ropa vibrar contra la piel, el suelo derrumbándose pero nunca cayendo. Nunca la olvidaré sobre todo por lo que encontré al salir del auditorio, luego de varios minutos recuperando el aliento después de que todo había acabado: el mismo Gira, ahora un sosegado señor con sombrero de vaquero, detrás de una mesa de plástico, firmando autógrafos, con el rostro relajado y sonriente, despejado, compartiendo generosamente con el público. El magro papá Noel de la noche no silenciosa sino atronadora. La evidencia del poder catártico del arte. Un Virgilio de los muchos decibeles, guiándonos por la oscuridad de nuestros infiernos personales.

La música, en oposición a caracteres moribundos que me miran de vuelta, mudos.

Send us away
On ships made of silk
Send us to fly
Black skies washed with milk
People like us
We need a dream to escape
People like us
We need to sleep to awake

lunes, 27 de febrero de 2017

La literatura nazi en América

me trago, con fruición, mis apresuradas palabras sobre Bolaño, basadas solamente en algunos cuentos irregulares. Es este un libro excelente, que se las arregla para ser descendiente directo de Historia Universal de la infamia sin dejar de ser algo propio. Dédalo pletórico de imbricaciones imaginativas, divertidas y trágicas, mínimas y enormes. Síntesis apócrifa de lectura obsesa y gozosa. Veamos qué sigue

miércoles, 25 de enero de 2017

Asghar Farhadi

disponer del círculo achatado, con todos los recorridos posibles ya realizados. Decantar hasta llegar a un camino por persona, señalando con tachuelas todos los puntos de convergencia. Estructurar tales narrativas una a la vez, perspectiva en la cual nos encierran nuestras percepciones. Ascender con él hasta alturas que son inconcebibles, porque no son místicas, sino profundamente humanas. Desde ahí, ver el gran diseño que nos urde, que nos encuentra, chocha y roza los unos con los otros; resquebrajamiento del solipsismo ineludible en las urbes del hoy: todos traen su historia por detrás de su conciencia y la siguen adelante; en algún punto del recorrido: nosotros, quizás por algo.

Sería atronador figurarse la historia de cada pasajero del bus en hora pico, pero sí se puede invocar una hipotética particular cuando la discordia se cierne, para anteponerla a ésta. Ser meta-demiurgos, llegar a alcanzar la mirada ecuménica de Farhadi, cuya obra, como poquísimas, increíblemente ayuda a ser ser humano

jueves, 19 de enero de 2017

el optimismo debe ser abolido antes de que sea demasiado tarde.

El optimismo cargado de certidumbres religiosas, luego transfiguradas en grisáceas certidumbres morales, que impulsó a las personas a insensatas expediciones que en aislados casos se tradujeron en bienestar para la tribu, no tiene lugar en el futuro que ya se vive.

El pesimismo separó almas como la de Gottfried Benn de los sanguinarios optimistas nazistas, antes de que fuera demasiado tarde.

Luego de que se consolide la segunda revolución industrial, la de la inteligencia artificial, y el papel de los hombres y las mujeres se reduzca al de supervisores de la maquinaria, y después, cuando ya ni este rol sea necesario, el único recurso que le quedará a la humanidad para seguir siendo viable será el de emular a los cortesanos del período Heian, en quienes la melancolía era casi un requisito, y para quienes deambular ponderando los espasmos y desgarres implícitos en la condición mortal, saboreando la transitoriedad de las cosas, era noble.

Y si en un futuro aún no vivido la muerte llegara a ser cancelada, y si esta perpetuidad les fuera impuesta incluso a los más sensatos de entre nuestros descendientes, andar la tierra muy despacio, casi como árboles, lamentando la falta de ímpetu, de pasión y hasta de miedo; olvidando el significado de esas palabras, preguntándose si alguna vez las cosas fueron diferentes. Finalmente, asentarse en algún rincón, enmoheciendo hasta devenir en extraños minerales que alguna vez se peinaron, vieron partidos de rugby, lloraron en el cine y soñaron. Seremos cosas, pero completas, y con dignidad.

Todo esto, pero nunca una certeza, aparte de que no hay mejor

lunes, 2 de enero de 2017

no hay que olvidar que el tiempo es espacio, y que el año pasado fue sólo una vuelta (también en el sentido de ride, como lo decía Bill Hicks).

Muchas cosas invisibles fueron mordisqueando en su tránsito esta doliente esfera achatada que somos (porque somos ella, aunque el histérico megalómano de Elon Musk quiera hacer creer lo contrario).

Si fue un año devorador de dioses, fue aniquilador de anónimos. Ya no tenemos Amparo: uno de los tantos nombres perdidos, pronunciados en vano ante la crepitación con la que arde el mundo todo.

Treintayuno de diciembre, alrededor de las once a.m.

Lamento la cruel muerte de Amparo López, parte de la buena familia con la que he convivido estos últimos años

miércoles, 28 de diciembre de 2016

alguien que es un malthusiano que se toma en serio la propuesta de Swift. Alguien que cree que el antinatalismo desborda las páginas del horror ontológico contemporáneo para perfilarse como una filosofía válida y necesaria. Alguien que comparte con Fernando Vallejo la idea de la reproducción humana como un crimen (sin toda la demás peroratería inútil y monótona). Alguien que detesta a las personas por su potencial desperdiciado. Alguien a quien zahiere eso que los demás nunca sabrán que los lastima y disminuye. Alguien compasivo. Dispepsia

miércoles, 4 de mayo de 2016

la irregular serie de televisión Orphan Black presenta el culto Neolution, en el que sus miembros pretenden dirigir sus propios procesos evolutivos mediante modificaciones físicas conseguidas a partir de injertos o afinamientos genéticos. Es una buena síntesis de la histeria del “post-humanismo” y otras necedades por el estilo. Recientemente el profesor de ciencia cognitiva Donald D. Hoffman apareció en una publicación gringa hablando de cómo la ilusión de la realidad deviene de un hecho evolutivo que de cierta forma niega un axioma darwiniano: que aquellos individuos que mejor observaban y conocían la realidad fueron los más aptos para sobrevivir y transmitir su información genética. El giro de Hoffman es que la evolución nos condicionó para sólo poder observar aquello que es vital para nuestra supervivencia. Según esto, se podría creer que el hombre primitivo percibía una realidad diferente a su alrededor, que veía cosas que poco a poco fueron difuminándose hasta terminar anegadas por las tinieblas de nuestra actual consciencia. Así, los freaks del Neolution quedan igual de desposeídos y privados que cualquier otro mortal, pues si la evolución responde a necesidades basadas en una realidad a la que no podemos acceder, nunca podrá la consciencia humana tomar las riendas de su “mejoramiento”. Ya el concepto de materia oscura y la mirada frenética de los gatos hacia espacios “vacíos” nos hablaban de lo inasequible.

También me parece que esto resulta estimulante para una imaginación lovecraftiana: personas primitivas con la capacidad de observar jirones de realidad ahora inconcebibles, incluyendo seres incomprensibles cuya fisionomía desbordaba las posibilidades del entendimiento tal como lo entendemos. Estos pobres ancestros tuvieron una vida corta y azarosa, perplejos y petrificados ante las ahora desvanecidas tonalidades de crepúsculos de una refulgencia inverosímil, ante los diferentes sonidos de los diferentes silencios rozándose, ante los entes que pululaban entre dos miradas que se buscaban entre esa multitud, ahora descorporizada y acallada. Esta ascendencia asolada por la saturación recibida a través de unos sentidos aún en proceso de calibrar la relación entre mente y cuerpo se eliminó a sí misma: agotada y desquiciada marchó colectivamente hacia el abismo. Sólo la nada les trajo paz. Sólo quedaron los miopes, los medio sordos, medio cretinos. Nosotros. La humanidad recibió con alivio la estulticia paulatina que le permitió ver sólo las flores, las hojas y los pájaros en el árbol. No lo demás