sábado, 23 de mayo de 2015

a veces, veo algo como los planos para el computador cuántico, y me maravillo ante la potencia de nuestro proceso de filogénesis, que nos ha llevado a superar las limitaciones sensoriales, no sólo para reconocer las más íntimas fibras que componen la indestructible materia, sino para domarlas y aplicarlas, a pesar de que ni siquiera entendemos esa urdimbre evanescente que es la esencia de todo... (¡Pero qué productividad la de esta especie! ¡Ni siquiera tenemos tiempo de sucumbir al terror ontológico, pues en seguida nos ponemos a construir computadores “fantasmales”! )

Otras veces, voy caminando por algún terreno baldío y viciado, y veo la hosca tierra grisácea sembrada de botellas de plástico, condones usados, envases de poliestireno... Dependiendo del día, puedo llegar a sentir que ese es el único y verdadero producto de esta filogénesis: un croquis de desechos que con mucho sobrevivirá a esta pasajera estirpe... el legado de una nada que se liquidará a sí misma, cuando el colon estreñido que es la historia de la humanidad reviente con su último y definitivo pedo atómico

sábado, 16 de mayo de 2015

las visiones, los sueños, son tan reales como un átomo, sólo que hay que considerarlos como si fueran una función de onda, con relación al hecho concreto que ilustran; es decir, como probabilidad cuántica: simultánea, real, viviente

jueves, 30 de abril de 2015

echado en la cama, me subo un poco la camiseta para rascarme la barriga. La piel aún se ve saludable, firme gracias al haber vuelto a ejercitarme con regularidad. Pero también noto la palidez, y un par de lunares que me recuerdan la piel de mi padre: su transparencia, exhibiendo ramitas moradas varicosas por doquier. La cantidad de manchas por el sol, por el cigarrillo, o evidencias de un hígado cascado por el abuso del alcohol y los medicamentos psiquiátricos. Ese cuerpo en ralentí sempiterno, portando un corazón que era un tercio músculo muerto, resultado de un infarto masivo. La fragilidad de unas extremidades adjuntas a un hombre que casi siempre evitó el ejercicio, aparte de sus legendarias juergas de baile y sexo que duraban días. Me detengo un poco y pienso que hace mucho que mi padre no se me presentaba tan vívido… desde antes de su muerte, hace ya casi dos años. Me sorprende cómo este catálogo de índices de decadencia, todo un libro, había descansado en mi subconsciente sin ser utilizado, sin yo recurrir a semejante método de invocación tan efectivo. Abrazo el recuerdo de mi padre, con todo y sus verrugas y quistes sebáceos en la espalda, que yo sin asco exprimía cuando le ocasionaban comezón.

Este estrecho cuarto al fondo del apartamento de otras personas puede llegar a sentirse como el punto más apartado de la tierra. Recorro con mi mirada la piel expuesta, un lienzo, una hoja en blanco en la que el tiempo empieza a esbozar algunas breves frases que aún nadie lee

miércoles, 29 de abril de 2015

Nepal

los números, ya entrados en los miles, son inconmensurables mentalmente. Para los antiguos griegos, para gran cantidad de tribus indígenas, un número de más de cuatro cifras no tenía ninguna utilidad, o simplemente no existía dentro de sus culturas, pues no representaba nada que ellos pudieran reconocer en su realidad. Mucho de algo era simplemente mucho, la cantidad precisa inasible como un líquido.

La tapa sobre la pobreza de un país, se cae cuando se mueve la tierra. Lo que queda expuesto: cifras.

Everest, forja de leyendas. Las leyendas necesitan ser unitarias, o al menos, del número más reducido posible; por eso el mito redujo a los guerreros espartanos al inverosímil número de trescientos. En todo caso, morirse no es algo que se quiera hacer demasiado acompañado, especialmente cuando se escala un monte de casi nueve mil metros para inscribir el nombre de uno en un libro (un tomo cada vez más gordo y menos legible).

Leyendas con nombres emborronados. Gente pobre que nunca sintió el llamado de la bestia vertical. Todos bajo el mismo cúmulo ensordecedor, bajo signos enmudecedores, que aunque representables, son tan inconmensurables como siempre, y por lo tanto, carecen del poder para verdaderamente conmover: 4.200


27 de abril de 2015
traslado un fragmento de una carta enviada el 2 de abril de este año a un amigo. Lo que se dice acá no está tan mal dicho, y es algo que me preocupa continuamente. Este acto de copia y pega me parece una buena solución para la paradoja de querer aún decir cosas mientras se yace enroscado en medio de la desidia.

Anoche terminé de leer la novela corta My Dog Stupid, de John Fante, que está incluida en el libro West of Rome. Definitivamente, no existe obra menor de Fante, o al menos ninguna que no esté poseída por esa magia de humanidad, cómica, grotesca y conmovedora. No estoy seguro de cuándo fue escrita la novela, pero me da una idea el que los hijos del narrador estén evadiendo su reclutamiento a Vietnam. Te digo, hay escenas inolvidables, como la de un Bull Terrier atacando una ballena varada en una playa de California. 

También es uno de los libros menos políticamente correctos que le haya leído a Fante, y eso es mucho decir. Lo que me pone a pensar en cuánto estamos perdiendo de la capacidad de conocernos nosotros mismos, a través de lo que leemos y escribimos, a razón de estas limitaciones hipócritas escurridas desde la culpa del primer mundo. Limitaciones que pretenden que seamos daltónicos, miopes, que pretenden eliminar nuestra sensorialidad para que nos reconozcamos sólo ideológicamente. A toda esta generación de imbéciles mojigatos les encantaría que la piel fuera transparente y que no fuéramos más que vísceras andantes, sin la sensualidad de las diferencias, de color, de textura, de olor. En definitiva, nos están empobreciendo el mundo, la vida. Nos censuran el reaccionar a la exterioridad del otro. Krishnamurti dice que la mejor forma de conocerse uno mismo es a través de la relación con los otros; esto se refiere también a las aversiones, los prejuicios, los odios. Una humanidad plena requiere diferenciación, pues el único camino hacia el conocimiento propio, que a su vez es el mejor camino hacia algo que pueda acercarse a la tolerancia (acercarse no más)

viernes, 13 de marzo de 2015

ya casi no se puede decir nada sobre el internet porque es casi la vida misma

tenía sentido y lo hacía sonar bien, Henry Miller, cuando describía su trabajo como corrector de estilo en París como una oportunidad para abstraerse tanto del mundo que lo rodeaba como de los hechos aciagos alrededor del mundo, relatados en los artículos mismos que corregía, pues el tener que concentrarse en las formas y no en el contenido le desarrollaba como una ampolla en el alma. Algo así decía. Muchas consideraciones hacen que mi experiencia como corrector sea tan diferente. Primero, el maldito aparato en el que precisamente me debo concentrar para trabajar, es una ventana siempre abierta hacia el mundo, es decir, la barbarie. Imposible no dejar que su ruido se cuele por la periferia del inocuo documento que se corrige, que si fuera un papel sobre un escritorio sería como una almohada. Las “opciones” pican… no, corroen como una gangrena, hasta que uno cede y vuelve a emparamarse de cinismo, pornografía, banalidad, violencia… Segundo, Miller trabajaba en una oficina, con supervisión encima. No tenía “opciones” martirizándolo. Hay tantas opciones de qué escribir sobre esas “opciones” que es difícil decir algo. La cuestión de la “libertad” no es tan sencilla. Pero también es ineludible, por eso Miller no duró mucho en su trabajo, y yo sigo trabajando en casa

miércoles, 11 de marzo de 2015

feliz cumpleaños retrasado

Por todas las fiebres y palpitaciones de mi espíritu me observo afín a otros que ya pasaron y que quedaron. Pero es necesario ampliar el campo de visión e incluir la periferia del resollante núcleo.

Pasé por mi propia temporada en el infierno a los diecisiete años, pero en lugar de desgarrar al mundo exterior con el desgañitarse de mi angustia, ahogué los susurros de mi posible demon con ruido eléctrico y drogas legales; con un miedo que suplantaba a la espiritualidad, un abandono que desahuciaba a la fe… aún me vibran los nervios, década y media después. Esos paliativos, modernos o arcaicos, pero siempre peores que cualquier opiáceo, ¿qué hicieron de mí? ¿Seré ya más afín a un hastiado Rimbaud en África, pero uno que nunca fue capaz de dejar una fisura en el endurecido éter de su tiempo, antes de expirar?