jueves, 30 de abril de 2015

echado en la cama, me subo un poco la camiseta para rascarme la barriga. La piel aún se ve saludable, firme gracias al haber vuelto a ejercitarme con regularidad. Pero también noto la palidez, y un par de lunares que me recuerdan la piel de mi padre: su transparencia, exhibiendo ramitas moradas varicosas por doquier. La cantidad de manchas por el sol, por el cigarrillo, o evidencias de un hígado cascado por el abuso del alcohol y los medicamentos psiquiátricos. Ese cuerpo en ralentí sempiterno, portando un corazón que era un tercio músculo muerto, resultado de un infarto masivo. La fragilidad de unas extremidades adjuntas a un hombre que casi siempre evitó el ejercicio, aparte de sus legendarias juergas de baile y sexo que duraban días. Me detengo un poco y pienso que hace mucho que mi padre no se me presentaba tan vívido… desde antes de su muerte, hace ya casi dos años. Me sorprende cómo este catálogo de índices de decadencia, todo un libro, había descansado en mi subconsciente sin ser utilizado, sin yo recurrir a semejante método de invocación tan efectivo. Abrazo el recuerdo de mi padre, con todo y sus verrugas y quistes sebáceos en la espalda, que yo sin asco exprimía cuando le ocasionaban comezón.

Este estrecho cuarto al fondo del apartamento de otras personas puede llegar a sentirse como el punto más apartado de la tierra. Recorro con mi mirada la piel expuesta, un lienzo, una hoja en blanco en la que el tiempo empieza a esbozar algunas breves frases que aún nadie lee

miércoles, 29 de abril de 2015

Nepal

los números, ya entrados en los miles, son inconmensurables mentalmente. Para los antiguos griegos, para gran cantidad de tribus indígenas, un número de más de cuatro cifras no tenía ninguna utilidad, o simplemente no existía dentro de sus culturas, pues no representaba nada que ellos pudieran reconocer en su realidad. Mucho de algo era simplemente mucho, la cantidad precisa inasible como un líquido.

La tapa sobre la pobreza de un país, se cae cuando se mueve la tierra. Lo que queda expuesto: cifras.

Everest, forja de leyendas. Las leyendas necesitan ser unitarias, o al menos, del número más reducido posible; por eso el mito redujo a los guerreros espartanos al inverosímil número de trescientos. En todo caso, morirse no es algo que se quiera hacer demasiado acompañado, especialmente cuando se escala un monte de casi nueve mil metros para inscribir el nombre de uno en un libro (un tomo cada vez más gordo y menos legible).

Leyendas con nombres emborronados. Gente pobre que nunca sintió el llamado de la bestia vertical. Todos bajo el mismo cúmulo ensordecedor, bajo signos enmudecedores, que aunque representables, son tan inconmensurables como siempre, y por lo tanto, carecen del poder para verdaderamente conmover: 4.200


27 de abril de 2015
traslado un fragmento de una carta enviada el 2 de abril de este año a un amigo. Lo que se dice acá no está tan mal dicho, y es algo que me preocupa continuamente. Este acto de copia y pega me parece una buena solución para la paradoja de querer aún decir cosas mientras se yace enroscado en medio de la desidia.

Anoche terminé de leer la novela corta My Dog Stupid, de John Fante, que está incluida en el libro West of Rome. Definitivamente, no existe obra menor de Fante, o al menos ninguna que no esté poseída por esa magia de humanidad, cómica, grotesca y conmovedora. No estoy seguro de cuándo fue escrita la novela, pero me da una idea el que los hijos del narrador estén evadiendo su reclutamiento a Vietnam. Te digo, hay escenas inolvidables, como la de un Bull Terrier atacando una ballena varada en una playa de California. 

También es uno de los libros menos políticamente correctos que le haya leído a Fante, y eso es mucho decir. Lo que me pone a pensar en cuánto estamos perdiendo de la capacidad de conocernos nosotros mismos, a través de lo que leemos y escribimos, a razón de estas limitaciones hipócritas escurridas desde la culpa del primer mundo. Limitaciones que pretenden que seamos daltónicos, miopes, que pretenden eliminar nuestra sensorialidad para que nos reconozcamos sólo ideológicamente. A toda esta generación de imbéciles mojigatos les encantaría que la piel fuera transparente y que no fuéramos más que vísceras andantes, sin la sensualidad de las diferencias, de color, de textura, de olor. En definitiva, nos están empobreciendo el mundo, la vida. Nos censuran el reaccionar a la exterioridad del otro. Krishnamurti dice que la mejor forma de conocerse uno mismo es a través de la relación con los otros; esto se refiere también a las aversiones, los prejuicios, los odios. Una humanidad plena requiere diferenciación, pues el único camino hacia el conocimiento propio, que a su vez es el mejor camino hacia algo que pueda acercarse a la tolerancia (acercarse no más)

viernes, 13 de marzo de 2015

ya casi no se puede decir nada sobre el internet porque es casi la vida misma

tenía sentido y lo hacía sonar bien, Henry Miller, cuando describía su trabajo como corrector de estilo en París como una oportunidad para abstraerse tanto del mundo que lo rodeaba como de los hechos aciagos alrededor del mundo, relatados en los artículos mismos que corregía, pues el tener que concentrarse en las formas y no en el contenido le desarrollaba como una ampolla en el alma. Algo así decía. Muchas consideraciones hacen que mi experiencia como corrector sea tan diferente. Primero, el maldito aparato en el que precisamente me debo concentrar para trabajar, es una ventana siempre abierta hacia el mundo, es decir, la barbarie. Imposible no dejar que su ruido se cuele por la periferia del inocuo documento que se corrige, que si fuera un papel sobre un escritorio sería como una almohada. Las “opciones” pican… no, corroen como una gangrena, hasta que uno cede y vuelve a emparamarse de cinismo, pornografía, banalidad, violencia… Segundo, Miller trabajaba en una oficina, con supervisión encima. No tenía “opciones” martirizándolo. Hay tantas opciones de qué escribir sobre esas “opciones” que es difícil decir algo. La cuestión de la “libertad” no es tan sencilla. Pero también es ineludible, por eso Miller no duró mucho en su trabajo, y yo sigo trabajando en casa

miércoles, 11 de marzo de 2015

feliz cumpleaños retrasado

Por todas las fiebres y palpitaciones de mi espíritu me observo afín a otros que ya pasaron y que quedaron. Pero es necesario ampliar el campo de visión e incluir la periferia del resollante núcleo.

Pasé por mi propia temporada en el infierno a los diecisiete años, pero en lugar de desgarrar al mundo exterior con el desgañitarse de mi angustia, ahogué los susurros de mi posible demon con ruido eléctrico y drogas legales; con un miedo que suplantaba a la espiritualidad, un abandono que desahuciaba a la fe… aún me vibran los nervios, década y media después. Esos paliativos, modernos o arcaicos, pero siempre peores que cualquier opiáceo, ¿qué hicieron de mí? ¿Seré ya más afín a un hastiado Rimbaud en África, pero uno que nunca fue capaz de dejar una fisura en el endurecido éter de su tiempo, antes de expirar?

domingo, 30 de noviembre de 2014

último semestre de lingüística

he visto personas jóvenes que poseen ciertas formas, recursos y aspiraciones, y que con el tiempo éstos se marchitan y enconan, contribuyendo decisivamente a la configuración del amargo armazón del fofo “adulto” que con acritud conlleva la rutina de lo que debía ser un medio y terminó incrustándose, como una uña encarnada, en su identidad. Atribuyo esta situación a la falta de consideración por parte de los mecanismos “formativos” con respecto a la constante mutación del ser. Acá “formar” quiere decir primero “petrificar en un momento específico”; por ejemplo, en el caso de la educación superior, el sujeto queda petrificado dentro de aquél que era, o creía que era, cuando escogió su carrera. Mírenme a mí, después de Wittgenstein, del Tao y de Subud, de haber experimentado la apacible inmersión en las tinieblas de lo que se rehúsa a ser contenido por el lenguaje... después de todo eso, aún me veo obligado a estudiar si la preposición “el elefante es grande” es sensitiva al contexto o no.

Otra instancia: en esta época, cuando la idea de comunión en pareja resulta cada vez más inverosímil, se habla de esa noción de “envejecer juntos” como un ideal. Pero el envejecimiento implica la decadencia de algo estático. Yo más bien reformularía ese ideal como “mutar juntos (aunque no en lo mismo) dentro de una esfera compartida”. No resultaría muy atractivo para Hallmark, lo sé

miércoles, 12 de noviembre de 2014

peligros

mucho he leído que se clasifica al pensamiento de Nietzsche como ‘peligroso’, desde Sloterdijk hasta su ínclito rescatador e intrusivo traductor al inglés, Walter Kaufmann. Creo comprender el peligro al cual se refieren, pero también creo percibir otro, más insidioso.  Esta tentativa percepción estaría respaldada por el estado físico de mi Basic Writings of Nietzsche, adquirido de segunda mano, copiosamente subrayado por algún pulso trémulo de entusiasmo pueril, intoxicado por el insólito efecto de la prosa del autor en cuestión: sentir que a pesar de sus exaltaciones y sus imperativos, Nietzsche susurra al oído del lector, como haciéndolo partícipe de la más íntima cofradía, como si alguien estuviese atisbando por primera vez la bella e incomprendida esencia de ese lector. Tal fue el caso de mi anónimo subrayador, que con una inocencia rayana en el patetismo, escribía me! al margen de algunos pasajes. Un lector como éste se esfuerza barbaridades por merecer su puesto en ese grupo selecto en donde cree que se encuentra, y después del fracaso, del desengaño, de las alharacas inútiles, de los lastimeros berrinches y pataleos, humillado, humbled, abandona la periferia para regresar al centro, con sus congéneres, a quienes nunca debió haber dejado. Pero no se desplaza, porque no se había movido en primer lugar, como si todo hubiera ocurrido en una de las habitaciones de James Turrell, donde las formas y las distancias no son más que un juego de luces. Para quienes lo observaron, no se trató de nada más que de una "fase", como cuando los adolescentes se perforan la lengua o dicen ser bisexuales; entonces, el lector, congestionado, se deshace de su libro, vendiéndolo a precio de papel reciclable (ahí entro yo, comprándolo en un punto medio de la escala de precios)